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La tensión ha vuelto a La Verneda. La posibilidad de que un macrocentro para menores extranjeros no acompañados (menas) pueda ir en el barrio ha hecho movilizarse en las últimas semanas a los vecinos del eje de la Rambla Prim. El centro iba a ir en la zona Fòrum, pero ante la oposición vecinal, comenzaron a barajarse otros rincones, como uno en la confluencia de Rambla Guipúscoa con Ca n’Oliva. No fue el único conflicto. Los últimos años, muchos locales del barrio quedaron vacíos y las ocupaciones se multiplicaron, especialmente de grupos de extranjeros del este de Europa. La tensión y el miedo han vuelto a las calles.

El estallido social tuvo lugar este verano: hace meses, varias familias rumanas decidieron ocupar un local en la Rambla Prim con calle Binèfar. No hubo problema hasta que comenzaron a llegar otros paisanos que sí comenzaron a ser problemáticos. Peleas, inseguridad, suciedad y ruidos nocturnos comenzaron a ser el pan de cada día. Y llegaron varias autocaravanas que se aposentaron en la calle. En los alrededores, los recién llegados dejaban desperdicios, pañales, bolsas de basura e incluso defecaban en plena calle. Sin contar las amenazas a vecinos,  broncas interminables y las borracheras escandalosas de madrugada.

VECINOS AMOTINADOS

Los vecinos se amotinaron, se plantaron frente al local ocupado y lograron que los advenedizos se marchasen, aunque sólo fuese a una manzana de allí, donde varios locales de fábricas están abandonados desde hace años. “Por el barrio ha comenzado a verse lo que no se veía hace muchos años: atracos con armas blancas, tirones por las calles, robos a mansalva y mucho miedo en la gente. No hay que olvidar que el barrio tiene un porcentaje de gente mayor muy elevado y esta gente es muy vulnerable”, relata un vecino de La Verneda. Sólo le hace falta un centro de menas para redondear la situación, aunque sea más por la fama que conlleva que por otro motivo.

"La Verneda experimentó un gran cambio en los años 80 y 90, pero no se ha hecho ninguna intervención urbanística para revitalizar el barrio en los últimos 20 años", lamenta Jorge, vecino de la Verneda. "Somos el último barrio de Barcelona y el Ayuntamiento apenas invierte en mantenimiento. Cerca de la Rambla Prim hay cinco asentamientos y faltan efectivos policiales. La convivencia se ha deteriorado y hay mucha inquietud sobre la ubicación del nuevo centro para menas", añade.

Una fábrica en la calle de Santander, en la Verneda / AF
Una fábrica en la calle de Santander, en la Verneda / AF

PASTORES  Y HUERTOS EN EL BARRIO

Algunos rememoran que se vuelve a los tiempos en que los perros callejeros eran los reyes de la calle. Los tiempos del Pescaílla o de la banda del Rata. Los tiempos en que grupos de delincuentes sembraban inseguridad en el barrio obrero por excelencia. Y eran los tiempos también en que el payo Juan Manuel creaba tendencias con su Mejillón, o Una vieja y un viejo, o sus rumbas catalanas desde Via Trajana. Poco más tarde, la plantilla del Barça frecuentaba el Isla Cristina, marisco de primera en la calle Maresme, guiados por Miquel Corominas, hijo también de Via Trajana que debutó con los blaugrana en 1975.

En esos tiempos, todavía se pastoreaba por el barrio y se cultivaban huertos a lo largo de la calle Maresme, de la calle Santander o en Via Trajana. Y la rambla de Prim era de tierra y el tendido eléctrico era el mismo que el de la posguerra, con postes chisporroteando cuando caían cuatro gotas. Y la rambla de Guipúscoa era de adoquines, evidentemente sin el cívico paseo central de hoy.

En esa avenida, en octubre de 1975, un tiroteo (un vehículo disparó ráfagas de metralleta contra el cuartel, que hoy es la macrocomisaría de La Verneda, y los centinelas abrieron fuego a su vez) acabó con la vida de cinco inocentes que pasaban por el lugar. Una de las balas rebotadas se incrustó en la barandilla de un piso de enfrente, donde sigue alojada.

La rambla de Guipúscoa, en la Verneda / AF
La rambla de Guipúscoa, en la Verneda / AF

Eran los tiempos en que José Luis Cerveto llevaba a menudo a Juan Roig y su esposa María Rosa Recolons hasta la fábrica Roig que tenían en la confluencia de las calles Santander con Ca n’Oliva (dedicada al tratamiento de huesos para hacer cola y jabones, que llegó a ser una de las más grandes de Europa) hasta que los asesinó el 4 de mayo de 1974 en el tristemente famoso crimen de Pedralbes, llevado a la gran pantalla por Gonzalo Herralde. Eran los tiempos en que el barrio tenía dos cines: el Verneda y el Levante. Y muchos bares. Y muchas fábricas. Y un pujante movimiento obrero con la CNT como sindicato de referencia. Y muchos solares vacíos. Y mucha inseguridad, porque por algo era el barrio de la periferia con tres focos conflictivos cercanos entre sí, como La Perona, Vía Trajana y La Pau.

LA PERONA, ZONA TABÚ

Porque había algo en el barrio que a algunos les ponía los pelos de punta: La Perona. Hablar de La Perona hace pocas décadas era hablar de una zona tabú. La Perona era un conjunto de barracas distribuidas a lo largo de la red de ferrocarril que dividía la Verneda y Sant Martí de La Sagrera y El Clot. En 1947, Eva Duarte de Perón visitó Barcelona y donó los terrenos a los más desfavorecidos. Allí llegaron a construirse un millar de barracas, algunas de endebles ladrillos y otras de tablas. Incluso, alguna, de cartones sobre cartones.

Barracas del barrio de la Perona, en Sant Martí / AYUNTAMIENTO DE BARCELONA
Barracas del barrio de la Perona, en Sant Martí / AYUNTAMIENTO DE BARCELONA

En los años 80 todavía quedaban barracas en el barrio (las últimas desaparecieron en 1989), que fue transformado radicalmente en esa década. La peculiar imagen del Pinchaúvas (él escribía el Pinchaubas), un gitano con barba blanca, un patriarca, señoreando las chabolas junto a la entrada del Puente del Trabajo (luego rebautizado como puente del Treball Digne, finalmente derruido hace un lustro) pasó a la historia. La leyenda negra achaca la inseguridad a la existencia de La Perona, pero en realidad la población de las barracas no delinquía en su gran mayoría. Era gente trabajadora.

Muchos de los habitantes eran inmigrantes que llegaban a Barcelona con una mano delante y otra detrás y buscaban acomodo donde podían. Posteriormente, se fueron aposentando más y más familias gitanas, hasta que población calé fue adquiriendo importancia en los últimos años de vida del barrio. Y si alguno de sus 5.000 habitantes tenía cuentas con la justicia, lo más probable era que los latrocinios los hiciese en los barrios de la zona alta de Barcelona. Excepto algunos perros callejeros que cobraban en especie su particular impuesto revolucionario llevándose género de las tiendas (carne, verduras…) sin pagar, siempre en cantidades irrisorias, o pegando un palo de unas cuantas pesetas. “De vez en cuando, si algo desaparecía en el barrio y las sospechas apuntaban hacia La Perona, se hablaba con el Pinchaúvas y la cosa aparecía. Entonces todavía se respetaban a los ancianos y a los patriarcas”, rememora un vecino de la Verneda.

Bloques de los años del desarrollismo, en la Verneda / AF
Bloques de los años del desarrollismo, en la Verneda / AF

EL FUTURO PINTABA BUENO

Hasta entonces, el distrito había sido un barrio casi maldito, con un índice de analfabetismo superior a cualquier otro barrio de la ciudad. En los años 50 y 60, comenzaron a construirse algunos edificios históricos del barrio, desde los bloques de La Caja de Pensiones hasta los del Hispano Americano, pasando por edificios exclusivamente para la Guardia Civil y para la Policía Nacional o los rascacielos de la calle Puente del Trabajo o el Grupo La Paz, en la confluencia de la Rambla Guipúscoa con Rambla Prim, un conjunto de viviendas asequibles para gente trabajadora que fue inaugurado por Francisco Franco en 1966 para conmemorar los “25 años de paz”. Y de ahí su nombre.

De los años del desarrollismo quedan enormes bloques. La hilera de edificios de Vía Trajana tuvo que derribarse y construirse de nuevo en los años 90, afectada de aluminosis. Pero la Verneda pasa por ser uno de los barrios que más amplias zonas y avenidas tiene de toda Barcelona. A pesar de las múltiples confluencias de gentes y de culturas a lo largo de las décadas, llegó a respirar ambiente de barrio. Ahora todo se ha vuelto algo más turbio.

Con la cercanía de la futura estación del AVE de la Sagrera, la Rambla Prim dejará de estar incomunicada con Sant Andreu. Y el barrio se unirá con La Sagrera con un gran paseo bajo cuyo asfalto quedará encerrada la estación. El futuro pintaba bueno. Pero a pocos minutos de ese futuro con forma de tren han vuelto a reverdecer focos de conflicto. Las ocupaciones han llevado la desestabilización al barrio y el solo pensamiento de un macrocentro de menas pone de los nervios a muchos vecinos.