Vuelve el calorcito y los búnkers del Carmel parecen La Rambla. No solo por los cientos de turistas que suben a diario a sacarse fotos desde el mirador, sino también por el botellón. Tal como se ha hecho eco este medio en distintas ocasiones, los vecinos están hartos, por no decir otra cosa más fuerte. Han presenciado todo tipo de escenas. Incluso algunos turistas han llegado a llamar a altas horas de la mañana pidiendo preservativos o poder entrar en su casa para mear.

Algunos son conscientes del jaleo que montan. Por eso, han surgido modalidades como las fiestas silenciosas. Un DJ pincha y cada uno –de forma individual– disfruta de su música a través de los auriculares. No está mal, pero el problema es también la suciedad que queda luego.

En esta idílica ubicación de Barcelona retumban cada vez más voces en más idiomas. La fiesta silenciosa no es la primera que tiene lugar en los búnkers. Hace un tiempo se intentó organizar un macrobotellón que terminó frustrado debido a la presión vecinal. Aunque las grandes fiestas no son posibles, los conciertos acústicos –improvisados– son ya una constante.

BEBER SÍ, PERO HACE FALTA ¿DESFASARSE TANTO?

Entiendo que los turistas suban a disfrutar de las vistas y tomar una cerveza. Siendo sincera, si estuviera de visita en la ciudad también lo haría: es un lugar privilegiado, mágico, único. Lo que cuesta de entender es el desfase extremo y la cantidad de basura que dejan algunos.

¿Cuál es la solución? Para los vecinos sería vallar el parque y cerrar la entrada por las noches. Otra propuesta que se ha puesto ya sobre la mesa es la de pagar por acceder, tal como pasó con el Park Güell en su momento. En cualquier caso, el verano se acerca, y el problema ahí sigue.

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