Desde la plaza Sanllehy se atisba un símbolo del barrio al final de la calle Pablo Sáez de Bares. Se trata de un edificio verde donde se instalaron alrededor de 300 familias, muchas procedentes de las barracas de los barrios de Francisco Alegre o Los cañones del Carmel cuando se derrumbaron poco antes de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Se inauguraron cinco bloques de color verde. Hoy, hay cuatro pintados de color salmón y han dejado uno verde en memoria de aquel cambio urbanístico pero sobre todo, social. Esos bloques marcaron el comienzo de transformación de un barrio que se había ido autoconstruyendo en la ladera de la montaña a base de ladrillos, chapa y pintura. Familias procedentes de otros puntos de la península, como Galicia, Andalucía, Murcia o Extremadura, cuyos miembros iban y venían. Cada barraca se identificaba con dos placas numéricas: la postal y la del número de licencia de la parcela. Isidoro, de padre cordobés y madre asturiana, nacido en Francisco Alegre, cuenta que las placas se vendían o alquilaban a medida que uno podía irse a vivir a la ciudad. Él, que de niño vendía botellas de cava por un duro en lo que hoy sería un punto verde de residuos de la calle Torre Dulac, explica a Metrópoli Abierta cómo se vivía en las barracas del Carmel y qué rastro queda de ellas.

Gracias a Isidoro, Jesús Martínez, autor de ‘Hijos de las barracas’ junto con Oscar Dhooge, ha nacido Barnacas II, un proyecto que recupera la memoria histórica de la vida barraquista del Carmel. Los dos primeros, hijos del barrio, el último, un documentalista audiovisual belga que supo ver más allá de un cúmulo de gente asentado en casas endebles de la periferia. Eran personas que dejaron atrás su lugar natal lastimado por las consecuencias de una posguerra desoladora con la esperanza de encontrar un futuro mejor. Personas que contribuyeron al desarrollo de Barcelona, clase trabajadora que se vio obligada a permanecer fuera del núcleo urbano de la ciudad debido al coste que éso les suponía.


Tráiler de Barnacas II / OSCAR DHOOGUE

Personas que supieron hacerse su propio barrio a base de disputas con el ayuntamiento. La fuerza vecinal logró la instalación lumínica de las calles, el alcantarillado, la pavimentación de los caminos y que subieran las cañerías de agua corriente entre el Parc del Guinardó, el Parc de les Aigües y el Parc Güell.

VIVIR EN LAS BARRACAS

Subidas las canalizaciones del agua, Isidoro cuenta que se aprovecharon para construir las escaleras por las que hoy se transita y se practica 'running' hacia el Turó de la Rovira. Al final de las escaleras, se instalaron unos lavabos y unas duchas públicas que apenas se utilizaron porque ya habían conseguido llevar el agua hasta las casas. Muy cerca había un bar que obligó a allanar el terreno para que los proveedores pudiesen descargar las mercancías. Tanto fue así, que Isidoro recuerda el accidente que tuvo el camión de Danone: “cayó cuesta abajo y comimos yogures una semana”.

La idea de miseria y conflictividad que se asocia a los barrios periféricos no representa a la mayoría de las familias que viven en ellos. No fue hasta la década de los 80’, 20 años después de las primeras barracas, que se introdujo el negocio de la droga. Llegados los 90’, tras el derrumbe de la mayoría de las casas que ya habían tomado consistencia y estaban mejor hechas, más habitables y con los servicios de primera necesidad cubiertos desde hacía años, las familias se realojaron en los pisos verdes, a lo largo de la calle de Can Baró y otros barrios como Canyelles, Guineueta o Sant Cosme (en el Prat de Llobregat).

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El Hoyo / AROA ORTEGA

Sin embargo, pese a la construcción más o menos dispersa de las barracas al pie de los tres picos, la calle de Can Baró era el núcleo comercial de antaño donde sigue en pie el mercado en forma de galerías. Hoy está en desuso y cerrado pero pueden verse las paradas y alguna que otra báscula que acumula decenios. El nombre de la calle coincide con el de la masia del Baró de San Luis, hoy convertida en escuela y ubicada en la plaza donde desemboca la calle con el mismo nombre. Una plaza que reúne edificios construidos en 1929 con otros actuales. Un enclave que sirve como punto de partida para todo el que quiera trasladarse a otra época, a otro contexto. De ahí al Hoyo, al inicio del Parc de la Guineueta, zona descampada que separaba las barracas con algunas residencias, propiedades de las familias pudientes de la época. La más próxima al Hoyo es hoy una residencia geriátrica.

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Masia de Can Baró. Escuela Acis / AROA ORTEGA

Isidoro, reside hoy en Badalona pero recuerda su infancia y su juventud entre pinos, rocas, flores y caños de agua. Candelera, Casto, Ana, Javier…igual que Isidoro, vivieron su infancia en las barracas del Carmel. Ellos, junto con otros chicos de los barrios colindantes de familias catalanas de clase media, compartieron aula en iglesias parroquiales. De ello, Jaume Fabre, crecido en la zona previa a las barracas, recuerda una visita que hizo a las barracas con motivo de un entierro. Un hecho que le despertó la curiosidad por lo social el resto de su vida.

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Escaleras del Hoyo al Turó de la Rovira / AROA ORTEGA

 

BARNACAS II

Dhooge, Jesús e Isidoro, trabajan por recuperar un legado histórico y social que, a menudo, ha quedado al margen de los estudios sobre el desarrollo económico y demográfico de lo que es hoy Barcelona. Barnacas II, es el trabajo documental y personalizado de dos años. Comenzaron con Barnacas I de la mano de la primera generación de barraquistas y ahora impulsan una ruta con la segunda generación de vecinos. La idea es dar a conocer una parte de la historia barcelonesa estigmatizada por quienes nunca vieron las condiciones con las que se vivía en las barracas. El día 25 de noviembre se puede hacer un paseo guiado con Dhooge reservando plaza a través del Museu d´Història de Barcelona. También quieren dar a conocer el proyecto a todos lo que acuden a las famosas baterías republicanas del Carmel para gozar de las vistas de la ciudad, locales y turistas. Creen que podrían enriquecer la visita si supieran para qué se hicieron, que al final no se utilizaron y la función de las barracas en el mismo contexto. Un objetivo al que apuntan desde las redes con el ‘hastag’  #barnacasII.