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Tradicionalmente, el botellón ha ido ligado a algunas plazas de Gràcia, principalmente a la del Sol, donde los vecinos siguen movilizándose. Algunos espacios públicos del barrio habían escapado a esta plaga, que rompe la convivencia e impide el descanso vecinal. Éste era el caso de la plaza del Nord. Sin embargo, desde el verano de 2016, este rincón del popular barrio barcelonés, en el que se encuentra la sede de los Lluïsos de Gràcia, se ha convertido en un importante epicentro de botellón. La movida empezó con la autorización municipal de celebrar en la plaza una parte de las fiestas de Gràcia de ese año gestionadas por el Casal Popular Tres Lliris. El concejal Eloi Badia llevó el botellón a la plaza del Nord y allí se quedó.

Desde entonces, las molestias han ido a más, especialmente el último año. Las concentraciones de jóvenes que consumen alcohol en la vía pública se repiten cada semana, especialmente de jueves a sábado, con música a todo volumen. Según la presidenta de la Asociación de Vecinos de la Plaza del Nord y Alrededores, Anna Tolosa, "se suelen concentrar entre 60 y 80 jóvenes, pero hace un mes, en una fiesta organizada por los Lluïsos de Gràcia, la plaza de colapsó hasta altas horas de la madrugada con unas 900 personas", afirma.

SIN PRESENCIA POLICIAL

A lo largo de estos dos años, la presencia policial ha sido prácticamente nula. "He llamado un montón de veces a la Guàrdia Urbana, pero casi nunca venían", explica Francesc Serra, vocal de la asociación. En muchas ocasiones, la excusa era la falta de efectivos. El último mes, la situación ha mejorado algo tras mantener algunas reuniones con el gerente del distrito, Pere Camps. "Ahora tenemos más apoyo de la Guàrdia Urbana". La plaza del Nord, un oasis de paz durante décadas, no figuraba en la ruta de plazas conflictivas del barrio de la policía. Recientemente, se ha incorporado a ese recorrido, aunque el problema persiste.

Los agentes pasan un par o tres de veces por las noches en furgonetas. También hay policías de paisano. Pero cuando los jóvenes notan la llegada de la Guàrdia Urbana se dispersan por las calles de los alrededores. Al cabo de una o dos horas pueden volver a aparecer. En ocasiones están hasta las seis de la mañana. Pensábamos que durante el invierno estaríamos más tranquilos, pero ni así", subraya Serra, que ha tenido que cambiarse de habitación para poder descansar mejor.

A la presidenta de la asociación le preocupa que la situación persista, se enquiste y la plaza acabe degradándose todavía más, incluso de día. "Hace unos años sacaba a pasear al perro cada noche y tenía miedo del silencio que había", dice Tolosa. Ahora el miedo se ha traducido en inseguridad. Muchas veces, algunos de estos jóvenes que se concentran en la plaza no se limitan a consumir alcohol. Los vecinos relatan que hay consumo y trapicheo de drogas, actos vandálicos y peleas. Las pintadas en las fachadas son habituales y tres o cuatro veces han roto los postes de madera de los columpios del parque infantil. "En una ocasión entraron en nuestra escalera y tiraron el extintor por el suelo", cuenta la vecina.

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Jóvenes en la plaza del Nord junto a un coche de la Guàrdia Urbana / ASOCIACIÓN DE VECINOS 

Los residentes se constituyeron en asociación el pasado febrero. Lo hicieron para defenderse mejor del problema que sufren. Son unas 70 personas, todas vecinas de la zona. En el colectivo no figuran entidades como los Lluïsos de Gràcia. Algunos de los jóvenes que practican el botellón en la plaza son de la citada entidad, y en alguna ocasión el inicio de una noche sin descanso ha sido una fiesta organizada por la citada sociedad de Gràcia.

Ahora la lucha que estos vecinos de la plaza del Nord tienen con el consistorio es intentar evitar que las fiestas de agosto que gestionan el Casal Popular Tres Lliris tengan lugar en este espacio. El año pasado no lo consiguieron. "Había días que a las seis de la mañana había 300 personas en la calle. Se servía alcohol a menores y así se lo comunicamos al distrito", denuncia Tolosa.

Los próximos pasos que los vecinos plantean es intentar aparecer más en los medios de comunicación para dar a conocer su problema y formar parte de una mesa ciudadana con el distrito y entidades del barrio. Sin embargo, el botellón tiene difícil solución. En algunos puntos de la ciudad lleva años enquistado. Los alrededores de la sala Razzmatazz es un foco importante. Hasta hace dos veranos, la plaza del Nord se libró. La gestión de Badia al frente del distrito llevó el problema a una plaza que, durante el día, es muy familiar. Ahora, le toca a él solucionarlo.  

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