Son las 11:40 de la mañana y cuatro hombres se pinchan heroína en un rincón bien resguardado de una acera, justo en frente de una sala de venopunción. Es difícil saber sus edades, pero por la forma de moverse tienen entre 30 y 50 años. Visten ropa vieja, aunque están bien abrigados.

Se quedan allí una media hora aprovechando unos pocos rayos de sol que llegan hasta el suelo. Al cabo de un rato, tres de ellos se levantan, recogen todo lo que habían arrojado, separan las jeringuillas usadas del resto de basura y la tiran en un contenedor azul. Uno de ellos se queda sentado en el suelo con las piernas abiertas y la cabeza hacia abajo. No se mueve durante varios minutos. Está dormido.

No es Baltimore. Es el Raval de Barcelona en 2019, puntualmente en la zona de Drassanes, y esta historia tampoco es nueva. Desde el siglo XIV sus calles acogieron a la población enferma e indeseable que llegaba a la ciudad y esa marginalidad se fue convirtiendo en un atractivo para los bohemios. 

Los 80 dieron paso a la heroína que ya se instalaba en el Barrio Chino como en muchos otros lugares de Europa y de Estados Unidos. Los 90 fueron quizás la década más amable para el barrio con la llegada de los Juegos Olímpicos. El Ayuntamiento quería transformar algunas zonas problemáticas y lo consiguió con las instituciones culturales como el CCCB, el MACBA o la Filmoteca. Y a principios del 2000, con la Rambla del Raval. Las drogas se disiparon durante esos años, aunque la prostitución continuó viviendo alli. El Barrio Chino desapareció en los 90 pero la marginalidad sigue hasta hoy. 

 

Una pareja de jóvenes se drogan a pocos metros del solar de Drassanes / HUGO FERNÁNDEZ
Una pareja de jóvenes se drogan a pocos metros del solar de Drassanes / HUGO FERNÁNDEZ

PACTOS DE CONVIVENCIA EN EL RAVAL

En la última década, sin embargo, los conflictos relacionados con las drogas se han multiplicado. Tras la inacción o el fracaso de las políticas municipales en los últimos mandatos municipales, los vecinos han tomado sus propias cartas en el asunto, y algunos hasta revelan “pactar” con los mismos drogadictos para evitar mayores problemas en las calles. 

Es el caso de María Teresa Dambrosio, que lleva toda la vida en el barrio, sus hijos nacieron allí en la década de 1980 y hace años vive frente a la sala Baluard. “Pacto con los usuarios normales que vienen a la narcosala para que no dejen heces o jeringuillas en la puerta de mi casa, pero esto es muy rotativo y es difícil dar siempre con los mismos, siempre debo negociar con alguno diferente, porque si espero que venga la Guàrdia Urbana ya es tarde”.

Teresa se queja de que hay dos tipos de agentes de la Urbana, los buenos y los malos. Algunos sí que responden rápidamente ante su requerimiento, pero otros suelen no hacerle caso. “No ha habido ningún gobierno municipal que haya mejorado la situación de quienes vivimos aquí ni de los drogadictos, la sala (de venopunción) les ayuda un poco pero no siempre está abierta, y a veces les sancionan por mal comportamiento y no les dejan volver por un tiempo, entonces tampoco es muy efectiva”, subraya.

El grupo de toxicómanos frente a la narcosala Baluard / HUGO FERNÁNDEZ
El grupo de toxicómanos frente a la narcosala Baluard / HUGO FERNÁNDEZ

EL VERDADERO PROBLEMA: EL NARCOTRÁFICO

Eduardo La Vega, presidente de la asociación de vecinos de Drassanes, observa desde el primer piso de la sede de la agrupación la escena de los cuatro toxicómanos. “El drogadicto es un enfermo, ellos no nos traen problemas. Dentro de la narcosala les tratan de curar, pero resulta que el entorno de la droga es una mafia y eso les afecta a ellos pero también al barrio”.

La Vega explica que sobre las 18:00 horas "bajan los traficantes" en esta época del año a vender, a la hora en que se pone el sol. Desde el local de enfrente de la sala Baluard lo ven todo, y dedican su tiempo a intentar mejorar la vida de los vecinos de la zona, a su vez que se posicionan contra el colectivo de “Salvem les Drassanes”, a quienes ven egoístas por no dejar que se construya el hotel frente a sus casas, “porque no quieren que les tape el sol”.

ESPERANZA DE CAMBIO CON LA LLEGADA DEL HOTEL

Teresa vive en la finca colindante con el edificio propiedad del hotel Praktik y ve en aquel proyecto una oportunidad para mejorar la zona. Eso mismo opina quien vendió aquellos terrenos 15 años atrás, Antonio Gilabert Forcales. Ahora, sin embargo, el espacio no es más que un solar con tres mesas de ping pong que por las noches se convierte en refugio para toxicómanos y algunos traficantes que pasean por allí.

“Tienen un previo aviso de la Guàrdia Urbana. Durante un año venía un camión de la limpieza a diario pero de repente desapareció, pero lo peor de todo es la gente que viene a vender, los traficantes han agravado la situación”, detalla Antonio, y explica que el campamento de toxicómanos de su ex solar ha desaparecido hace escasos cinco días, tras la popularidad que el asunto ha conseguido a través de la prensa.

El solar de Drassanes donde por la noche funciona un campamento de toxicómanos / HUGO FERNÁNDEZ
El solar de Drassanes donde por la noche funciona un campamento de toxicómanos / HUGO FERNÁNDEZ

UN PROYECTO TRUNCADO

El solar de Drassanes es un asunto polémico. Desde que Gilabert vendió la propiedad no se ha podido hacer nada, porque la compra del Praktik le permitía en aquel momento alzar un hotel antes de la aprobación del Plan Especial Urbanístico de Alojamientos Turísticos (Peuat) en 2013. Hace años que el Ayuntamiento impide la obtención de la licencia para derribar el edificio con el argumento de estar catalogado de manera errónea, e insiste en un proyecto nuevo. En caso de anular la construcción en el solar, el consistorio tendría una deuda de 70 millones de euros. 

En las últimas negociaciones, los promotores han propuesto construir 3.000 metros cuadrados de viviendas sociales en el entorno y que el hotel ofrezca espacios para el uso vecinal. Por el momento, los promotores llevan meses financiando a la asociación de vecinos de Drassanes, que han abierto una sede de dos plantas justo enfrente de la sala Baluard.

VOCES EN CONTRA DEL PRAKTIK

El colectivo Salvem les Drassanes se ha ocupado de decorar muchos de los balcones y ventanas de la zona con su lema. Hace más de dos años que la agrupación vecinal --a la que se han unido otras organizaciones vecinales-- lucha por evitar la construcción del hotel porque consideran que el proyecto va en detrimento de los intereses del barrio.

Ya en 2016 Salvem les Drassanes descubría el proyecto “fruto de una sucesión de operaciones especulativas”, según las publicaciones de la propia web de la agrupación. En 2017 comenzaron las movilizaciones para frenar el proyecto, algo que acabó siendo oído por el gobierno de la alcaldesa Ada Colau.

Una jeringuilla en el solar de Drassanes, propiedad del hotel Praktik / HUGO FERNÁNDEZ
Una jeringuilla en el solar de Drassanes, propiedad del hotel Praktik / HUGO FERNÁNDEZ

¿EL HOTEL VS LOS TOXICÓMANOS?

Desde la plataforma sostienen que el proyecto del Praktik es “una agresión urbanística” que podría tener graves consecuencias. Su principal queja es que ese solar prevé albergar 200 habitaciones de hotel cuando inicialmente era un espacio destinado 100% a la construcción de vivienda.

Lo cierto es que, de hacerse o no el hotel, nada garantiza que la situación del Raval se modifique, ni la de Drassanes en particular. Ambos colectivos conviven en el barrio a favor y en contra de la construcción del Praktik. En lo que todos coinciden es en la gravedad de la situación de los toxicómanos que habitan el barrio y la falta de acción para combatirla.