Tres semicírculos rojos en el suelo con dos metros de separación entre ellos, trazados con cinta roja, delimitan el acceso al portal. Unos guantes de plástico colgados de la piedra del edificio, al lado de la puerta, siguen llamando la atención al visitante. El mensaje del cartel es definitivo para constatar que el número 7 bis de la calle Salvador no es un edificio más del Raval. "Estimado cliente. Respeta la distancia. Usa guantes. Desinfecta tus manos", se lee en el cartón.

El sarcástico letrero denuncia, en realidad, el tráfico de drogas que los vecinos de este inmueble soportan desde hace dos años. Los "clientes" son un eufemismo de los consumidores que a diario acuden a este portal para conseguir su dosis. Los compradores acuden a pie, en bicicleta o patinete eléctrico. "Llegan a venir de 10 a 50 personas en un día", cuenta Carmela, vecina de esta narcofinca, como lo ha bautizado un vecino.

EXCREMENTOS Y RESTO DE DROGA

Los drogadictos decoran el vestíbulo con restos de cocaína u otras sustancias, tarjetas de crédito robadas, orines. También depositan sus excrementos en el ascensor. Junto a su pareja, Carmela es la única que se atreve a denunciar a la policía la frenética actividad de un grupo de una decena de personas de origen extranjero que distribuye su mercancía desde tres pisos: el segundo segunda, el tercero tercera y el cuarto tercera. "Casi todas las familias son de Bangladesh. Tienen miedo de los magrebíes y nunca llaman a la policía", explica.

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Un consumidor yace en el suelo semiinconsciente / MA

Carmela sí lo ha hecho. Decenas de veces. Ha denunciado la situación a los Mossos d'Esquadra, la Guardia Urbana y al Ayuntamiento de Barcelona. Las tres instituciones recibieron un burofax. Ninguno respondió, según esta vecina. La última queja la tramitó por Internet el pasado 20 de marzo con el decreto de estado alarma ya en vigor. "Lo más triste es que la Generalitat tiene conocimiento. Las respuestas de Mossos y Urbana son que las propiedades de los pisos deben solucionar el problema", relata.

PROPIEDAD PÚBLICA

Uno de los tres pisos es propiedad de la misma Generalitat, cedido por una entidad financiera. "Nos dijeron que abrirían un expediente, pero nada", lamenta. Un fondo de inversiones es el titular de los otros dos domicilios. Una vieja historia en el Raval. Decenas de llamadas o correos sin respuesta. Los grandes fondos compran y, como casi siempre, se desentienden. Esta gestión de sus pisos es, en gran medida, la responsable de que mafias y aprendices de narcotraficante encuentren con facilidad puertas que tumbar para empezar a vender sus sustancias.

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Excremento en el ascensor del 7bis de la calle Salvador / MA

En uno de los pisos, de 30 metros cuadrados, viven entre cuatro y cinco personas. A los vecinos les preocupa este problema de salud pública, gravemente agudizado en el actual contexto de confinamiento. Hace días que se escuchan toses en uno de los domicilios. En el edificio les preocupa un posible contagio por Covid-19, sobretodo por dos vecinos: un niño asmático y un chico de 20 años con diabetes.

LA DROGA, AJENA AL CONFINAMIENTO

El negocio de la droga no se detiene pese al confinamiento general. Tampoco ha frenado el tráfico en la calle Salvador a pesar de la redada policial de hace un par de semanas cuando los Mossos cerraron un narcopiso en el número 20. Los compradores acuden a cualquier hora hasta este punto de venta y se comunican a silbidos, o bien, mediante llamadas telefónicas. La droga vuela desde el balcón al suelo. Otras muchas veces, los drogadictos acceden al inmueble. La cerradura reventada y los cristales hechos añicos son una prueba de ello. También el joven semiinconsciente tumbado en el rellano que se encontraron un día los vecinos.

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La puerta del portal está rota tras los golpes de los compradores / MA

Carmela y su pareja, éste último presidente de la comunidad de vecinos, empezaron a recibir las primeras amenazas cuando el interfono, cuyo ruido incesante sonaba a cualquier hora del día, dejó de funcionar. "Hasta entonces nos dijeron que velaban por nuestra seguridad. Cuando quitó el interfono, le dijeron que dejarían de velar por ella", cuenta Carmela.

UN PROBLEMA SIN RESPUESTA

En febrero de 2019, los vecinos albergaron la esperanza de que la pesadilla podía terminar. "Conseguimos una reunión con jefes de los Mossos, Urbana y Ayuntamiento. Se nos prometió que estarían sobre el caso, que actuarían. Vivimos un tiempo de calma y nos despreocupamos, pero ahora volvemos a estar igual", describe. Los traficantes han dejado su "agresividad" inicial e intentan ser más discretos. "Siguen siendo unos cerdos", recalca. La respuesta a la queja del 20 de marzo al Departament d'Habitatge fue que enviarían un inspector una vez terminada la epidemia del coronavirus.

Si algo ha cambiado con el estado de alarma en la calle Salvador es que los vendedores ya no esperan inmóviles de pie en la calle. Lo hacen en movimiento, con bolsas de la compra en las manos para sortear a las patrullas policiales. Cuando los agentes detectan a un grupo de jóvenes en la calle les obligan a meterse dentro de los edificios. Cinco minutos más tarde vuelven a estar en la calle.

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Basura en el patio interior lanzada por los camellos y consumidores / MA

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