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Cualquiera que haya recorrido Las Ramblas se habrá percatado de que los captadores de clientes para los coffee shops campan a sus anchas. No paran a los turistas para ofrecerles café, no. Ni paella, ni sangría. El “lío” que se llevan entre manos se llama marihuana, y esta planta psicoactiva se ha convertido ya en la reina de Ciutat Vella, la capital del porro.

Son varias las asociaciones vecinales que denuncian día sí y día también la proliferación de estos espacios dedicados al trapicheo de yerba y hachís, así como de otras drogas más duras. Aunque su modus operandi no se equipara al de las asociaciones convencionales o los narcopisos, donde se pueden quedar para meterse un chute de caballo. En este caso, se trata de un espacio “de paso”. Como si fuera un McAuto de McDonald's.

ESPACIOS CON VIGILANCIA

Los turistas –muchos con maletas porque los captan incluso antes de llegar a su hotel o Airbnb– hacen su pedido y aguardan en la puerta. Algunos entran dentro, aunque por un período breve de tiempo. La calle está vigiladísima por los captadores que normalmente son de origen marroquí o paquistaní. Uno se coloca arriba, otro abajo, otro en el centro.

La plataforma Fem Gòtic ha mostrado a través de su cuenta de Twitter la actividad reciente de estos coffee shops y ha exigido soluciones inminentes a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y a la regidora del distrito, Gala Pin. Pero la respuesta que obtienen es siempre la misma: silencio. En estos últimos días, los vecinos han detectado actividad irregular en el pasaje Escudellers, la Rosa, d'en Serra y la Plata.

La Guàrdia Urbana, por su parte, anuncia de vez en cuando una intervención en algún club cannabico ilegal que ofrece droga a los turistas. Pero la oferta no cesa en el centro donde la pregunta "¿hachís, marihuana?" se formula sin pudor ni límites. Sin ir más lejos, una joven ha confesado que, en una ocasión, subiendo por Las Ramblas le ofrecieron droga 17 camellos. 

Es por eso que los vecinos piden al consistorio que haga cumplir la normativa a los coffee shops y así se podría evitar que Barcelona se convierta definitivamente en un destino perfecto para hacer narcoturismo.