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La iglesia de Santa Anna, ubicada en el Gòtic, no es un lugar turístico más. En ella cada día se cruzan los turistas que se acercan a curiosear con las personas que vienen por necesidad. Alrededor de 300 personas pasan cada día por esta iglesia a buscar comida, electricidad para cargar el móvil o simplemente un espacio para conversar. Vienen porque quieren salir de la situación en la que se encuentran, buscan soluciones. Sin embargo, la decepción llega cuando ven que las administraciones y las organizaciones están colapsadas porque faltan ayudas.

EL PEZ QUE SE MUERDE LA COLA 

La parroquia de Santa Anna quiere ser una red de protección que impida a las personas volver a los problemas que han lidiado en el pasado. Sin embargo, para ayudarlas se topa principalmente con un impedimento: la burocracia. Ya sea para regular la situación de un inmigrante en el país o para pedir algún tipo de ayuda económica, hay listas de espera muy largas en las administraciones. Además, los procesos suelen ser muy lentos y costosos. 

Como señala la integradora social que colabora con el Hospital de Campaña, Carolina Fuster, a Metrópoli Abierta "a no ser que el individuo se encuentre en una situación de muy alto riesgo, es difícil conseguir una subvención". En estos casos, lo mejor que se puede hacer desde la Iglesia de Santa Anna es derivar a las personas a otras entidades que trabajen con colectivos muy específicos. Este sería el caso de Arrels Fundació o Accem. El problema de estas ONG es que la mayoría están saturadas. 

MÁS NECESIDADES 

El 16 de enero del 2017 empezó este proyecto solidario. Ya hace más de dos años que funciona y poco a poco ha ido mejorando su organización. Sin embargo, el principal problema es que faltan más recursos para ofrecer un mejor servicio. Necesitan a alguien que les ayude económicamente para tener un almacén de comida más variado y que se ponga fuera de la iglesia un lavabo que esté conectado a la red de saneamiento, ya que actualmente solo tienen dos policleans.

Actualmente el Hospital de Campaña solo cuenta con la ayuda de una trabajadora social del Ayuntamiento y dos estudiantes de integración social en prácticas. Faltarían más asistentes para dar respuesta a la situación de las más de 300 personas que pasan a diario por la iglesia. 

Anna Cuomo es la monja italiana que desde el mes de setiembre se encarga de organizar todos los aspectos logísticos relacionados con el proyecto solidario. Según ella, son "la primera frontera" donde pueden acudir las personas que tienen alguna necesidad. Uno de los aspectos que más le preocupan es la dificultad que tienen los inmigrantes para encontrar trabajo. "Para poder tener un empleo necesitan el Número de Identificación de Extranjero (NIE), pero para conseguir este documento tienen que tener la declaración de un futuro empleador. Es como el pez que se muerde la cola", destaca. 

Las afueras de la iglesia de Santa Anna, ubicada en el barrio Gótico / M. B.
Las afueras de la iglesia de Santa Anna, ubicada en el barrio Gótico / M. B.

EL CASO DE DOS PERSONAS 

Alejandro es un hombre de 37 años de origen rumano que se encuentra en una situación de exclusión social. Vino a España por una mujer y ahora está esperando conseguir el dinero suficiente para volver a su país natal. "Allí tengo casa y seguro que encontraré trabajo", explica.

Casi cada día va al Hospital de Campaña. Considera que es un lugar tranquilo donde se siente acogido. Anteriormente había estado en Amposta, población que le trae malos recuerdos: "Dos policías de la secreta me pegaron una paliza porque pensaban que era un ladrón", señala, y añade que él no había cometido ningún delito. 

Otra de las personas que visita Santa Anna es Khalid, un joven norteafricano de 16 años. Se escapó del Centro para Menores no Acompañados de l'Espluga de Francolí "porque no hacían el ramadán", dice. Estos días ronda por la iglesia esperando que lo vuelvan a acoger en un centro, en este caso de Barcelona.

PEQUEÑOS GESTOS DE SOLIDARIDAD

Quien hace posible que se lleven a cabo las tareas de solidaridad del Hospital de Campaña son los más de 200 voluntarios que participan de una forma u otra con la iglesia de Santa Anna. Un ejemplo es el Club de la Aguja, un grupo de 60 personas que cada semana llevan, por turnos, comida a la parroquia.

Tere Echeveste es una de las voluntarias que colabora cada martes. Explica que lo más importante de su tarea es escuchar a las personas, tratarlas de igual a igual y no desde un punto de vista paternalista. "Son personas que tienen la misma dignidad que el resto y eso es lo primero que encuentran en la iglesia de Santa Anna", afirma.