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“Can Seixanta” es una antigua expresión coloquial que se utiliza en Barcelona. Significa caos, desorden. Quizá de ahí viene el nombre de la histórica casa-fábrica del Raval de Barcelona. La finca data de 1833, y es un rastro de la fuerte industrialización que vivió el barrio durante los siglos XVIII y XIX. Hablan de ella que era una antigua fábrica de tejidos, descuidada y en la que reinaba el desorden. Ha crecido con los años a través de obras y ampliaciones, hasta llegar a los 5.500 metros cuadrados. El edificio es irregular, con partes que varían entre plantas bajas y segmentos de hasta 5 plantas. Está situada en la Calle de la Riereta, en los números 18, 20 y 22 que, por un casual, suman 60.

Con el paso del tiempo, se ha convertido en un lugar de trabajo y desarrollo para entidades y colectivos que integran “proyectos socioculturales y artísticos, arraigados al tejido social del barrio, y también a la actividad cultural de la ciudad”. Así definían la fábrica sus actuales arrendatarios, en una petición de change.org en 2015 bajo el nombre 'Salvem el Can 60', y que tenía por objetivo frenar la demolición del edificio.

CONFLICTO

La empresa inmobiliaria que gestionaba la finca vendió la propiedad a una inversora alemana que pretendía construir pisos de lujo. Llegó a darles un ultimátum para que abandonaran la finca, que muchos tacharon de un nuevo caso de especulación inmobiliaria. El posible derribo afectaba a talleres artísticos, espacios formativos, sedes de entidades sociales y deportivas y algunos vecinos que durante 30 años han pagado un alquiler.

Tras meses de negociaciones dirigidas por la que fuera concejal de Ciutat Vella, Gala Pin, el entonces reciente gobierno de BComú y el PSC anunció la compra de Can Seixanta por 6 millones de euros. La operación se aprobó en comisión a propuesta del grupo municipal de Esquerra Republicana. Todos los grupos votaron a favor, a excepción del PP Català que se abstuvo.

ORIENTACIÓN DEL PROYECTO

La compra se efectuó en 2016, y la previsión es que las obras empiecen a mediados de 2020. Can Seixanta se convertirá en un equipamiento público, donde convivirán dos espacios principales. Uno dedicado a los jóvenes del barrio. El otro espacio será sobre memoria histórica. Para ello, el consistorio trabajará con el Ateneu Enciclopèdic Popular, que ostenta un importante archivo sobre la Barcelona obrera.

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Imagen interior de Can Seixanta, en el Raval

Sin embargo, las entidades que en la actualidad desarrollan su actividad en los espacios de Can Seixanta no figuran en el proyecto. Deberán abandonar la casa-fábrica y buscar nuevos locales o almacenes donde empezar de cero. La Factoría Heliográfica, dedicada al trabajo de documentación fotográfica de obra pública, podría ser la única asociación de Can Seixanta que permanezca en la finca tras la reforma.

FACTORIA HELIOGRÁFICA

Martí Llorens dirige el estudio de investigación y producción fotográfico, situado en el segundo piso de la finca. Ha sido el encargado de representar a los inquilinos en las negociaciones del consistorio para comprar el edificio. Asegura que desde el Ayuntamiento le pidieron que realizara un informe sobre cómo su archivo podía tener un valor social. “Nos costó mucho trabajo, pero lo presentamos. Les pareció bien. Nos dijeron: existe esta posibilidad, pero las condiciones ya se verán”, explica.

Desde ese momento, no ha habido ninguna novedad al respecto. Llorens quiere dejar claro que no tiene nada por seguro, ya que la oferta que en su momento le hizo el equipo de Gala Pin puede no mantenerse con el nuevo gobierno municipal. Por eso, advierte que la situación se encuentra en “un momento muy complejo”, y reclama un “nuevo interlocutor directo”.

Llorens, muy comedido, considera que la gestión de Can Seixanta por parte del consistorio “podría haber sido mucho mejor”. Por ejemplo, cuenta como él mismo tuvo que insistir mucho para que instalaran un portero automático en la puerta. Y recuerda que el edificio tiene humedades, filtraciones de agua y gran parte de la estructura es de madera. También han tenido problemas en numerosas ocasiones con plagas. “Si uno puede, se marcharía de aquí. Si no tienes dinero, tienes que aguantar y hacerte valer con lo que tienes”, añade.

CAN FANGA

El estudio de cerámica Can Fanga es otra de las entidades que hoy vive en Can Seixanta. En este caso, la asociación deberá abandonar la finca una vez empiecen las obras. Su presidenta, Isolda Piñol, reconoce que la concejal Gala Pin les advirtió que “el Ayuntamiento compraba la casa-fábrica, no a quienes están dentro”. Por lo tanto, todos sabían que deberían marcharse.

Ada Colau y Gala Pin reparten las subvenciones con criterios discutibles
Gala Pin y Ada Colau

Sin embargo, para Piñol eso no justifica que a día de hoy no sepan cuál será la fecha para hacerlo. “Nos dicen que tenemos el beneficio de poder quedarnos por ahora, pero esto no es beneficio, es precariedad”, sentencia. Lamenta que lo único que los inquilinos saben casi con certeza es que sólo les obligarán a irse cuando empiece la reforma, ya que si ellos no ocupasen los locales de la finca “seria una narcofábrica”.

Can Seixanta y su gente resisten. Es de los pocos espacios de creación cultural en activo, en una zona que estaba llena en los años 70. Pero resiste en una incertidumbre constante. Puede venir de meses o quizá de años que la casa-fábrica desaparezca tal y como el Raval la conoce.  Hace tres años que el Ayuntamiento de Barcelona compró el espacio, y sus inquilinos aún no tienen nada claro, ni una firma. Ni siquiera la Factoría Heliográfica. Mientras, sea por mucho o por poco tiempo, sigue la vida en el caos de la propia finca. Parece Can Seixanta.