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Josep Bou es un tipo peculiar y un político atípico. Empresario del sector inmobiliario y propietario de la cadena de panaderías Bou, fue la apuesta de Pablo Casado para liderar la candidatura del PP en las pasadas elecciones municipales. Con un estilo desenfadado y nada académico, Bou salvó los muebles y los conservadores lograron dos representantes en el Ayuntamiento de Barcelona. Uno menos que en 2015. Una buena campaña electoral maquilló sus déficits y su desconocimiento de Barcelona en algunas materias.

Joan López Alegre, político y articulista conocido por sus intervenciones en debates televisivos en los que se significó por su rechazo al independentismo, gestionó la campaña de Bou. También Joan Castelló, un histórico del departamento de comunicación que durante una década y media trabajó con Alberto Fernández Díaz, ex presidente del Grupo Municipal del PP en Barcelona.

MALAS SALIDAS

Diez meses después de las elecciones municipales, ni López Alegre ni Castelló trabajan en el PP. Con los dos ha terminado mal. La primera ruptura se produjo en julio de 2019. La segunda, a principios de marzo, cuando Bou comunicó a Castelló que prescindía de sus servicios, sin explicación alguna. Unos días antes, y en una entrevista concedida a Metrópoli Abierta, Bou presumía de que todos los trabajadores de sus panaderías estaban encantados con él. Argumentó que no había despedido a nadie aunque las ventas habían caído un 32%.

Bou se colgó la medalla de hombre bueno. De empresario con un gran corazón. En el Ayuntamiento, sin embargo, tienen otra imagen de él. No es el hombre amable e ingenioso que algunos imaginaban. Nadie le ríe ya las gracias. Y, para colmo, ni tan siquiera tiene una buena sintonía con Óscar Ramírez, el otro concejal del PP, un político de perfil comedido.

Su imagen ha mutado radicalmente. El mismo Bou que la pasada temporada tuvo su momento de gloria al apagar un pequeño fuego junto a la sede del partido, ahora es el pirómano del PP, partido al que acusa de no respaldarle como se merece.