Repasar la historia de los teatros barceloneses no solo sirve para contrastar el pulso cultural de la ciudad en sus diferentes épocas, sino también para observar los cambios que se han ido escondiendo tras esos mismos escenarios. De ahí que la reciente campaña contraria al cierre del Teatre Arnau se haya vivido como un auténtico acto combativo. 

Coincidiendo con el Día Mundial del Teatro, la Associació d'Actors i Directors Professionals de Catalunya (AADPC) ha querido homenajear todos estos escenarios con un recorrido en bus que ha empezado con una advertencia por parte del “guía”, el actor David Anguera: “la mayoría de cosas que diré a continuación van a dar un poco de pena". Toda una ruta que queda perfectamente recogida en la minuciosa 'enciclopedia' Barcelona, ciutat de teatres, de Carme Tierz y Xavier Muniesa, donde se repasa una a una la historia de las 181 salas que ha albergado y alberga la capital catalana. 

Aunque el tour no haya podido partir de la Rambla por la normativa de tráfico, la historia del teatro en la ciudad empieza en este punto del que aunque ahora se adueñan los turistas. Fue aquí donde en 1597, la donación de un terreno de Joan Bosch puso la semilla del primer escenario moderno de Barcelona: el Teatre de la Santa Creu. Los beneficios de las representaciones allí celebradas se destinaban al hospital homónimo cuyas cuentas estaban entonces en números rojos. Por eso, para que el teatro generara suficientes ingresos, se le concedió el monopolio en el sector. De ahí que luego se bautizara como el 'Principal'.  

Pero las reglas del juego cambiaron drásticamente en 1836, cuando la desamortización de Mendizábal propulsó la conversión de algunos de los conventos de la capital en teatros. Este fue el caso del Liceu, que se erigió como vecino y como competencia directa al Teatre Principal en la programación operística de la ciudad. Una rivalidad que quedó retratada en la sátira de Pitarra 'Liceístas y cruzados'.

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LA ÉPOCA DORADA

Sin embargo, la edad de oro del teatro aun se hizo esperar y llegaría en las décadas de 1920 y 1930, con la eclosión de dos zonas clave, el Paral·lel -que se pronto se convertiría una especie de 'Broadway' barcelonés- y el passeig de Gràcia, que también concentró una parte importante de la actividad artística del momento. Ambas vías se convirtieron entonces en escaparates de una Barcelona que se modernizaba a un ritmo veriginoso y que reinventaba sus formas de ocio con espectáculos que hoy en día seguirían siendo innovadores. Pero estos años de efervescencia teatral acabaron con la irrupción de la Guerra Civil.

Ya durante el franquismo, muchos teatros volvieron a subir el telón, algunos para que la burguesía aparentara que allí no había pasado nada. Pero la década de los 60 y especialmente la de los 70 supusieron un periodo de declive en la historia teatral de la ciudad y muchas salas bajaron el telón o optaron por reconvertiste en cines. Fue tal la caída que la capital catalana llegó a quedarse con tan solo cinco teatros: el Romea, el Barcelona, el Talia, el Poliorama y el Apolo. Incluso el New York Times se hizo eco de la situación. 

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LA BERCELONETA TEATRAL

Después de la parada obligatoria en el Paral·lel y de sus respectivas explicaciones, el bus se detiene en la Barceloneta, cuya historia teatral queda a menudo eclipsada. Sin embargo, los desparecidos Teatro Oriente y Teatro de la Marina que se asentaban en la zona pueden considerarse “precursores del teatro social en Barcelona” y constituyen un capítulo esencial en la historia de la ciudad.

Mientras las salas más céntricas eran espacios reservados para la burguesía, este era un lugar donde los marineros prácticamente tenían asiento reservado. Además, sus escenarios también tenína una vertiente benéfica y solían albergar actuaciones que pretendían recoletar dinero para las viudas y los huérfanos de los pescadores que perdían la vida en el mar.

ÚLTIMA PARADA, LA ACTUALIDAD

Y tras el recorrido por los capítulos de la escena barcelonesa, un acto reivindicativo ha servido para testar en qué estadio se encuentra la capital en la actualidad. Las exigencias del sector son contundentes: la reducción inmediata del IVA cultural, una mayor inversión pública y una ley que proteja el mecenazgo. Algo en lo que ha coincidido el actor Juanjo Puigcorbé, también concejal del Ayuntamiento por ERC, que ha ido un paso más allá y ha reclamado que el IVA teatral se reduzca al 4 % y que se destine un 2,4 % del PIB a la cultura.