Hubo un tiempo en que los muros de Barcelona llegaron a ser la envidia de sus vecinos europeos y en que los celos incluso cruzaron el charco. Durante los 90 y el primer lustro del 2000, las paredes de la ciudad se erigían como tentadores lienzos en los que referentes del street art de la talla de Bansky, Os Gemeos o The London Police dejaron sus codiciadas huellas. Pero el ocaso no tardó en llegar y estos mismos muros que los artistas de todo el mundo miraban con anhelo empezaron a teñirse de un gris funesto. 

El declive de esta edad de oro del graffiti puede fecharse con total precisión: 2005, cuando el gobierno municipal de Joan Clos aprueba la ordenanza de civismo que entaría en vigor un año más tarde y que continúa vigente hoy en día. Una normativa en la que los socialistas no se andaron con medias tintas: de un día para otro, el muralismo pasó a ser etiquetado de vandalismo. Así lo narraron en el documental Bcn Rise & Fall (2013) el graffitero Aleix Gordo y el cineasta Gustavo López, a través de un séquito de testimonios en primera persona.

¿Y qué ha venido después de esta dolorosa caída“La ciudad ha logrado salir de ella", responde Gordo. "El discurso que reducía el graffiti a vandalismo que se propagó a principios del 2000 ha quedado atrás y ahora ya se habla de arte", añade. Pero Barcelona está a las antípodas de volver a ser el epicentro del graffiti y lo cierto es que tiene muy difícil volver a ostentar el título. "Todo está en manos de iniciativas privadas que tienen que jugar en la liga institucional para que el Ayuntamiento ceda muros”.

"En términos reales, la normativa es la misma que en las legistaturas anteriores", insiste el grafitero, pese a que considera que se ha podido observar un cambio de actitud por parte del Institut Municipal del Paisatge Urbà, que ahora "es más consciente" de la realidad del arte urbano en la ciudad. Sin embargo, la direccionalidad de las relaciones sigue fluyendo en el mismo sentido: de los cuatro grandes agentes que agrupan al colectivo hacia las instituciones, y no al revés.

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MEDIADORES DE MUROS

Algo en lo que coincide Marc Garcia, director de Rebobinart, una de las plataformas que gestiona la cesión de permisos para intervenir en los muros de Barcelona. "Queremos ser un agente que tenga la capacidad de sentarse en la mesa con las instituciones y negociar". Para Garcia, el mural participativo y contextualizado que promueven "tiene más consonancia" con el mensaje que pretende lanzar el nuevo gobierno local, por lo que en cierta medida se muestran más proclives ante este tipo de proyectos que trabajan codo con codo con la ciudadanía.

Uno de los síntomas de la relajación de la anterior política municipal de 'tolerancia cero' son los 200 metros de muro del paseo de Circumval·lació, entre el parque de la Ciutadella y la estación de França, liberados el año pasado por parte del consistorio. El espacio unió a las cuatro principales entidades especializadas de arte urbano (Difusor, Kognifit, Enrolla't y la misma Rebobinart) para colorear la enorme superficie gris que pedía a gritos una intervención.

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Sin embargo, esta aparente afinidad no exime al Ayuntamiento de críticas ante su falta de interés y de iniciativa a la hora de promover el arte urbano. "Nosotros recibimos 9.000 euros del consistorio por organizar el festival de arte urbano Ús Barcelona, por el que pasaron 11.000 personas en la última edición, y es totalmente gratuito para el público", apunta Garcia. Una cifra que considera que debería revisarse si se compara -a modo de ejemplo- con las subvenciones de hasta 150.000 euros que reciben festivales como el Sónar o el Primavera Sound, cuyas organizaciones también cobran entrada. "Además, son proyectos que no tienen un retorno a la ciudad y que no dialogan directamente con los barrios, con su tejido vecinal, asociativo o cultural", concluye.

La constancia de estos colectivos ha permitido la liberación algunos espacios, pero "estos muros siguen siendo acotados y se ha perdido la espontaneidad", como apunta el artista Txemy Basualto. "En Barcelona, no puedes salir a la calle, coger tu 'espray' y pintar cuando te viene de gusto”, comenta este canario residente en la capital catalana. "Los espacios deberían gestionarse sin necesidad de tanta burocracia porque a mayor libertad, mayor nivel artístico”, concluye. 

Algo parecido a lo que apunta Gordo, que se pregunta si "realmente tiene sentido" que el Ayuntamiento mantenga vigente una ordenanza de civismo para la que continuamente "busca parches" a través de mediadores -como las plataformas citadas anteriormente- que no son públicos. "Cuando quiero usar una cancha pública, no necesito pedir el permiso mediante un intermediario ajeno", argumenta.  

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GALERÍAS, OTRO NUEVO HÁBITAT

Mientras el repentino endurecimiento de la normativa propulsó la desaparición de muchos escritores de graffiti de las calles de Barcelona, las galerías se erigieron como un nuevo hábitat favorable al desarrollo del arte urbano. De ahí que en estas últimas décadas la ciudad haya visto crecer el número de locales que incorporan el street art a su oferta cultural o que se dedican exclusivamente a él. 

Es el caso de Montana Gallery, que abrió su (graffiteada) persiana en 2007. Su gestora, Anna Dimitrova, explica que el arte urbano “cada vez se globaliza más”, lo que permite a los que se dedican a él en Barcelona no tener que depender tanto de las instituciones. Por eso, Dimitrova detecta una nueva tendencia: ahora los artistas lanzan sus propios proyectos, hacen sus campañas y comisariados, buscan financiación en la red y tienen, en definitiva, más autonomía.

En España, la percepción social del arte urbano avanza hacia la desestigmatización, advierte Dimitrova, aunque lo hace a paso lento. Barcelona se ha hecho eco de esta evolución y desde la galería contemplan como cada vez más la gente empieza a "interesarse y a querer entender".

Aryz

Pero pese a que el contexto global pueda beneficiar a los artistas de la ciudad, la galerista advierte que la capital catalana está muy lejos de grandes metrópolis culturales como París. Su clientela es básicamente internacional, aunque en los últimos años han crecido las ventas nacionales. Sin embargo, este repunte de clientes locales no se puede equiparar a las cifras que se manejan en Madrid, donde la compra-venta de arte urbano está mucho más arraigada, puntualiza.

Ante el riesgo de avanzar hacia la "domesticación" del street art, desde la galería buscan el frágil equilibrio que permite mantener la esencia "salvaje" y hacer posible que los artistas puedan vivir de ello. De hecho, el querer llevarse a casa "una especie de lobo sin domar" es precisamente lo que atrae a parte de la clientela. Eso sí, sin convertirlo en perro.