Hace un año, resultaba inevitable cruzar Sant Pere Més Alt y no pararse a comentar la enorme testa de hierro fundido con rostro de niña que aguarda al viandante frente al Palau de la Música. La estatua de Jaume Plensa, bautizada como 'Carmela', fue objeto de una campaña ciudadana que reclamaba que se quedara en el barrio. Finalmente, el artista la cedió al Ayuntamiento durante ocho años y a día de hoy ha pasado a ser una vecina más de Ciutat Vella. Esta es precisamente la parte favorita de Plensa, “cuando vas a quitar una instalación temporal y aparece el vacío”, confiesa. “Ahí conoces la respuesta”, prosigue durante una charla con Stephan Balkenhol en la Galería Senda.

Hace 50 años, la instalación de una estatua de Picasso en Chicago recibió un aluvión de críticas. El entonces alcalde de la ciudad, Richard J. Daley, le dijo a sus ciudadanos que iban a amar aquella escultura aunque aun no lo supieran. Actualmente, la obra del malagueño es uno de los iconos de la ciudad. La anécdota, explica Plensa, sintetiza su definición de la relación entre el arte y el espacio público: “Cuando instalas la obra, la gente la critica y dice que se necesita dinero para otras cosas más importantes como la sanidad”, arranca. Después, llega lo que el escultor considera un periodo de asentamiento, cuando la gente “se siente orgullosa de tener belleza en su ciudad”. Para Plensa, esta domesticación del espacio público es un proceso natural: “la obra siempre necesita tiempo para encontrar paz porque está en un entorno salvaje”, admite.

El problema, pues, no está en los ciudadanos que inicialmente la rechazan sino en que los políticos no quieren pensar a largo plazo, considera el escultor. “Tienen elecciones por delante en cuatro o cinco años”, argumenta, y no quieren asumir esta primera etapa. Precisamente, mientras que los barceloneses demostraron su anhelo porque la ciudad mantuviera la codiciada huella de Plensa, las instituciones parecen no poner el mismo ímpetu. En 2015, el MACBA anunciaba una exposición del artista para 2017. En vistas del calendario, la muestra aún tendrá que esperar. Lo mismo ocurre con la estatua que encargó en 2014 el gobierno de Xavier Trias para el Espigó del gas que, de momento, sigue en el aire.

Mientras tanto, la presencia del escultor en Barcelona durante la última década se ha ceñido a las galerías. Después de su paso por Senda, que el año pasado celebró los 25 con un bosque femenino firmado por Plensa, a la ciudad le queda el único consuelo de 'Carmela'. “Una galería es algo más íntimo que permite la introspección, el diálogo con uno mismo”, comenta. Por el contrario, el espacio público actúa como democratizador del arte y planta la belleza justo frente a nuestras casas, “la introduce en la comunidad”. Algo que, admite, “conlleva una gran responsabilidad”: “Es como un mensaje en un botella que lanzas una y otra vez”.

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La última exposición de Jaume Plensa, en la Galería Senda / Europa Press

CULTURA MEDITERRÁNEA

En una época gobernada por la inmediatez y el deseo por multiplicar la producción, Plensa admite que alguna vez se ha planteado si la escultura se ha vuelto anacrónica. La idea, sin embargo, se esfuma rápidamente de su cabeza: “La escultura es un lugar al que puedes ir siempre”, arranca. Como Peter Pan a la caza de su sombra, el artista también persigue el anhelo de apoderarse de lo transitivo, añade. Y la belleza, considera “es ese lugar común en el que todos podemos coincidir”.

Más que por corrientes artísticas, Plensa considera que su obra se ve especialmente influida por la cultura mediterránea. “Me asombran las enormes similitudes entre estas culturas, esa capacidad de viajar y sentirte en casa allí donde estás”, confiesa el barcelonés, que se siente “de muchas partes”. Pero a la vez, recuerda la importancia de la diversidad: “Cada persona es un lugar en sí misma y necesitamos proteger las diferencias de cada uno, si todos tuviéramos la misma opinión, esto sería aburridísimo”, bromea.