Cada día, cada hora, sin excepción, se repite la misma escena: una patrulla de la Guàrdia Urbana se acerca a la playa de Sant Miquel y los vendedores ambulantes, que andan todo el día con un ojo puesto en los posibles clientes y el otro buscando figuras de color amarillo chillón, se agachan de golpe para camuflarse entre los centenares de personas tumbadas en la arena. Si intuyen que la maniobra de distracción no ha funcionado, entierran el género y se hacen los locos, como si la cosa no fuera con ellos. Algunas veces se libran y otras no, pero no cunde el pánico. Están acostumbrados al baile.

Los vendedores de pareos, que piden 15 euros por cada uno, ya se cuidan de no llevar más de uno encima. Así, si les pillan, solo pierden ese, que pasa a engordar el montón que se acumula en la pequeña oficina que la Guàrdia Urbana tiene en la vecina playa de la Barceloneta. “Cada día es lo mismo. Nos ven e intentan esconderse. Nos damos la vuelta y vuelven a salir. Es como el juego del gato y el ratón”, explica a Metrópoli Abierta uno de los agentes que controla las playas. “Cuando cogemos a uno, le requisamos la mercancía y ponemos la denuncia, pero luego los tenemos que soltar y a los cinco minutos ya han cogido más género y están vendiendo otra vez”.

Un vendedor ambulante esconde un pareo en la arena de la playa de Sant Miquel / XFDC
Un vendedor ambulante esconde un pareo en la arena de la playa de Sant Miquel / XFDC

UN BAZAR A PIE DE PLAYA

Los bañistas también han aprendido a convivir con las decenas de vendedores ambulantes que pasean arriba y abajo ofreciendo casi cualquier cosa: pañuelos, mojitos, masajes, trenzas y hasta tatuajes de jena. Un auténtico bazar con suelo de arena que pone música de fondo a la jornada de playa. “¡Mojitos! ¡Mojitos!”, canturrea una chica mientras pasea, sin muchos reparos, con una bandeja repleta de combinados. “¿Un mojito, guapas?”, le dice a un par de chicas que se están tostando al sol. Con cierta parsimonia, una de ellas abre un ojo, hace un gesto de negación con la cabeza y suelta una carcajada. “Es la tercera vez que pasa por aquí”.

La vida del vendedor ambulante es complicada y sus oídos ya se han acostumbrado a que la palabra "no" sea la palabra más pronunciada a su alrededor. Cada venta es una pequeña victoria para Ali Shafiq, que llegó de Pakistán hace tres años. Los días buenos saca 40 o 50 euros (no aclara si son solo los beneficios o es una cantidad a repartir). “Y en los malos...”, dice al mismo tiempo que hace un gran cero con la mano. “No vendo drogas, no robo. El único trabajo que he encontrado es vender en la playa”, explica sin dejar de mirar a su alrededor. Ni le gusta lo que hace, ni le entusiasma tener que esconderse constantemente de la policía. “Siempre es lo mismo”, añade un compañero suyo. 

Una chica vende mojitos en la playa de Sant Miquel ante la indiferencia de los bañistas / XFDC
Una chica vende mojitos ante la indiferencia de los bañistas / XFDC

UNA BATALLA INTERMINABLE

La lucha contra la venta ambulante es una carrera de fondo que nunca acaba. Las quejas de comerciantes y vecinos, que han denunciado en numerosas ocasiones la proliferación de los manteros no solo en la Barceloneta, sino en muchas otras zona de la ciudad, caldean el ambiente y añaden presión al Gobierno de Colau, que defiende una solución más social que policial. Más de un comerciante ha tenido que bajar la persiana por la competencia desleal. “Tenía una tienda al final del paseo [Joan de Borbó] y tuve que cerrar porque para cuando los turistas llegaban a mí negocio ya habían comprado de todo”, asegura un tendero.

Tras las críticas recibidas durante todo el año pasado, Gobierno y fuerzas de seguridad se han puesto las pilas. Solo en 2016 la Guàrdia Urbana intervino 1,1 millones de artículos en Barcelona y realizaron casi 80.000 denuncias (de las que, eso sí, solo se ha cobrado un 0,1%, según la Plataforma d'Afectats pel Top Manta). El Grupo de Playas de la policía local también ha mejorado mucho sus actuaciones. El verano pasado confiscó más de 200.000 bebidas, un 61% más que en 2015, e interpuso unas 21.000 denuncias por venta ambulante. Y todo a pesar de estar en clara minoría.

Un agente del Grupo de Playa de la Guàrdia Urbana da una vuelta después de requisar un pareo / XFDC
Un agente del Grupo de Playa de la Guàrdia Urbana da una vuelta después de requisar un pareo / XFDC

“Somos unos 40 agentes para controlar toda la playa. Desde el Hotel W hasta el Fòrum”, señala otro agente. Fuentes de la Guàrdia Urbana no han querido confirmar ni desmentir estos datos y se han remitido al buen trabajo que hacen con los datos de 2016 en la mano. Sin quejarse abiertamente, el policía reconoce que con los medios actuales hacen todo lo que pueden. “Si quitas a los compañeros que están en las oficinas en la playa y a los de la comisaría de Joan de Borbó, quedan 20 o 30 agentes de uniforme o de paisano para vigilar”. Es cierto que en zonas como la Barceloneta reciben la ayuda de los Mossos, que también juegan al gato y al ratón con los manteros, pero al otro lado del paseo.