Soldaditos de plomo, frascos de perfume, zippos, cromos, postales, navajas, un cohete de Tintin hecho en resina, relojes, bolígrafos, botellas, una máquina recreativa... son solo algunos de los singulares objetos que forman el universo de El Col·leccionista. Y es que esta tienda de Enric Granados pueden presumir de reunir -prácticamente- todo lo que te une a tu infancia. 

Detrás de su mostrador, entre archivadores, está Josep Valsells, un coleccionista que hace 17 años decidió hacer de su hobby su negocio. “Tuve que abrir la tienda porque en mi casa no me cabían más cosas”, bromea. Lo suyo siempre habían sido -y siguen siendo- las tapas corona de los refrescos, las placas de cava y las monedas de Estados Unidos. Pero aunque mantiene su afición, ahora le interesa más vender que coleccionar. “Es algo que a los coleccionistas nos pasa con el tiempo: cuando has acumulado tanto te entran ganas de empezar a comerciar o cambiar”, comenta.

Llenar la tienda no fue tan fácil como creía. “Al verlas en casa, pensaba que tenía muchas cosas, pero no quería deshacerme de todas”. Así que tuvo que pedir ayuda a otros compañeros para abarrotar las estanterías donde ahora mismo no cabe ni un alfiler. “Entonces tenía que separar mucho los objetos entre ellos, para que parecería que había más, ahora el local se me ha quedado pequeño” explica mientras repasa con la mirada la multitud de 'trastos' que lo rodean. 

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NUEVA GENERACIÓN DE COLECCIONISTAS

Como todo negocio, en el mundo del coleccionismo también se dan modas y tendencias. Por ejemplo, hace 10 años se vivió el auge los cromos, algo que “ahora se ha quedado muerto porque la gente quiere cromos que conozca y ya no conocen de Kubala”. Ahora la nueva generación que ha tomado el relevo en el gusto por hacerse con objetos está entre los 30 y los 40 y se decanta, sobre todo, por videojuegos y consolas.

Aunque también hay un grupo importante de jóvenes que busca llevarse a casa un pedacito de las series infantiles que veían de pequeños y su forma de hacerlo es en formato papel (cómics) o en formato figuritas. “Son estos coleccionistas a los que llamamos “frikis””, comenta Valsells, que considera que en realidad es una forma errónea de llamar a los “ coleccionistas de objetos contemporáneos”. Y luego siguen estando “los clásicos”, los que optan por monedas, billetes o postales. Muchos de ellos son lo que podría llamarse “clientes fieles” que mantienen la escrupulosa rutina de acudir al local el mismo día de cada semana. 

Además, el coleccionismo es la clase de afición a la que intentas que tu hijo se una. Por eso también hay muchos padres que han convertido su hobby en una forma de ocio familiar y acuden con los más pequeños los fines de semana. “Hay padres que vienen con sus niños y niñas a por piezas de Lego, Playmobile o Pokemon y lo viven con mucho entusiasmo”, detalla Valsells, que se muestra encantado de que esta especie de tradición pase de generación en generación. 

LOS SUMINISTRADORES

¿Y cómo llegan hasta a él? “Hay varios perfiles de vendedor”, responde. Está el coleccionista que se harta, las familias que han perdido a alguien y venden sus objetos, los que están de mudanzas y aprovechan para deshacerse de material y los que se dedican a buscar objetos antiguos, especiales o con valor artístico. “No todo proviene de gente que lo ha coleccionado”, aclara, “hay algunos que simplemente han atesorado cosas que para ellos no tienen interés pero sí para un coleccionista”.

Tampoco todos los que acuden a comprar a este pequeño universo son necesariamente coleccionistas. Recuerda el caso de una chica que estuvo dos horas frente a la puerta esperando a que abriera. A las 10, cuando levantó la persiana, se apresuró a entrar para hacerse con una caja. Era de su familia y su madre la había visto el día anterior. Como ella, "a veces hay gente que pide que todo lo que sea de una familia, una antigua empresa, un lugar, un personaje...". Por eso, Valsells acude a todas las ferias con los ojos bien abiertos en busca de singulares reliquias que sus clientes le pidieron hace tiempo.