El verano pasado, Joana (nombre ficticio) pasó un mes viviendo y durmiendo en las calles de Barcelona. Joana es catalana, soltera y tiene 56 años. Hace unos siete años, era una profesional autónoma –prefiere no decir a qué se dedicaba para no dar pistas sobre su identidad--, vivía en un piso del Eixample y tenía una vida como cualquier otra persona. 

“Jamás imaginé que acabaría en la calle" –explica Joana a Metrópoli Abierta–. Al ser autónoma no tuve derecho a paro y me gasté todos los ahorros. Tuve que dejar mi casa y viví unos meses con mis padres, pero me tuve que ir... Conseguí otro trabajo y pude alquilar una habitación, pero la empresa en la que estaba cerró y me encontré en la calle”.

Durante el mes que estuvo al raso no dormía. “Vivía con miedo. Estaba siempre al acecho. La calle es una experiencia de supervivencia muy bestia. Creces en mala leche. Sufres un desengaño terrible de la sociedad, de la vida”, cuenta sin querer dar demasiados detalles.

¿De qué vivía? “Compraba comida, algo de pan, fruta y otros alimentos que no hubiera que cocinar con lo que obtuve de vender el ordenador y el equipo de música”. 

Joana, en el centro de Sant Joan de Déu del Pobel sec / JS

El pasado octubre, Joana entró en el Centro Residencial de Inserción de Serveis Socials de Sant Joan de Déu, en el Poble-sec. Antes estuvo en un centro de primera acogida para personas sin hogar. “Cuando estaba en la calle no sabía que en Barcelona había una red de asistencia para personas necesitadas. Me lo dijo un chico en mi misma situación”.

Desde hace dos meses, Joana tiene un trabajo en un bar de menos de media jornada los fines de semana y festivos. “Es importante porque me mantiene ocupada. La situación de no tener nada que hacer estresa. Quien no lo vive no sabe lo que es levantarse y no saber en qué ocupar el tiempo”.

“SIN TRABAJO ERES ALGUIEN EXECRABLE”

Joana gana entre 200 y 300 euros al mes. “Un sueldo así no arregla nada. Yo quiero un trabajo con el que pueda pagarme un alquiler. He enviado muchos currículums, pero nadie contesta. No he conseguido ni una entrevista. Cuando dejas de tener trabajo, la gente desaparece. Te conviertes en alguien execrable”, cuenta la mujer, que llegó a entrar en la universidad, pero la dejó tras el primer curso.

“Hoy, por suerte, no estoy en la calle. Tengo comida, una cama y una ducha. Pero la sensación es de inseguridad total. Vivo al día, sin futuro”, añade Joana.

El caso de Joana no es único. Alrededor de un 11% de las personas atendidas en los centros de la Xarxa de Atenció a les Persones Sense Llar de Barcelona tiene rentas de trabajo, es decir se trata de personas con un trabajo, pero viven en un albergue, un piso de inclusión u otros centros asistenciales.

En otoño, la XAPSLL tendrá nuevos datos sobre personas sin hogar que trabajan pero duermen en albergues. Sin embargo, parece que la tendencia va al alza --en 2012 afectaba sólo al 4,1% del colectivo-- Lo que ganan no les da para pagar un piso. Ni siquiera una habitación. El mercado laboral está mal para todo el mundo, pero para estas personas las dificultades se multiplican.

En Barcelona hay 3.395 personas sin hogar. 1.954 viven en equipamientos o pisos públicos y de entidades sociales del tercer sector, como Sant Joan de Déu o la Fundació Arrels, y 1026 residen en la calle y 415 pernoctan en asentamientos irregulares. Una parte importante no trabaja o no está en condiciones de hacerlo.

Comedor de Arrels Fundació / JUAN LEMUS MERCADO - ARRELS FUNDACIÓ

El sinhogarismo frecuentemente va asociado a adicciones, como el alcohol o las drogas, y a patologías diversas y trastornos de salud mental. En ocasiones, son la causa de que una persona acabe en la calle y en otras son la consecuencia. En estos casos, hay que dar a estas personas otro tipo de atención más especializada o más personal antes de la inserción laboral.

“Muchas veces es muy difícil que estas personas puedan acceder al mercado laboral”, corrobora el director de la Fundació Arrels, Ferran Busquets. En Arrels, trabajan con personas muy vulnerables, con situaciones tan cronificadas, que no pasarían un proceso de selección.

“Sin vivienda, con adicciones y problemas psicológicos, se hace difícil acceder al mercado laboral –añade Busquets--. Algunas de las personas con las que tratamos pueden hacer trabajos esporádicos. Lo que procuramos es impulsar talleres ocupacionales en los que hagan pequeños trabajos remunerados. Lo que no se puede decir es que estas personas no quieren hacer cosas”.

Pero no en todos los casos la situación es tan complicada, y eso casi siempre va ligado al tiempo que la persona ha pasado en la calle. Tras cinco años o más al raso, las situaciones se pueden volver crónicas. 

El Centro Residencial de Inserción de Serveis Socials de Sant Joan de Déu del Poble-sec acoge a personas de 18 a 64 años, libres de adicciones o con seguimiento médico, que puedan llevar una inserción social y laboral y una vida autónoma. Ahora hay 52 personas de las que la mitad tienen trabajo. En el conjunto de la ciudad, Sant Joan de Déu atiende a 463 personas. Del total, 164 entran con un trabajo (35,3%), y de los centros salen 233 con ocupación (50,23%).

SUELDOS DE 500 A 600 EUROS Y HABITACIONES DE 400

En cualquier caso, los trabajos a los que acceden estas personas son precarios. “Hay un 10% que no tienen contrato. Los salarios son muy bajos. Algunas personas pueden cobrar entre 500 o 600 euros. Otras incluso menos. Con esos salarios no pueden hacer frente a un alquiler. Y menos en Barcelona. Algunas habitaciones se alquilan a 400 euros”, dice Francesc Pous, responsable del centro de Sant Joan de Déu del Poble-sec. 

Muchas de estas personas antes de intentar acceder de nuevo al mercado hacen una inserción laboral, con itinerarios de formación, cursos y una búsqueda activa de trabajo, por ejemplo en Barcelona Activa, un organismo municipal para impulsar la ocupación en la ciudad. Existen también convenios con entidades y empresas que ayudan a estas personas a volver a entrar en el mercado laboral.

Según la Fundació Arrels, un 60% de las personas sin hogar de Barcelona tienen estudios secundarios y un 12%, estudios universitarios. “El 30% restante, o tienen estudios primarios o no tienen”, puntualiza Busquets. “En Sant Joan de Déu, hay personas con estudios primarios que necesitan hacer una formación más larga. Pero también hay gente con estudios universitarios”, explica Pous.

En la búsqueda de empleo de estas personas también influye su situación personal,  la edad –si tienen más de 50 años ya no son personas atractivas para el mercado-- y una situación administrativa irregular en el caso de extranjeros.

DE PUBLICITARIO A CONSERJE

Jordi es el nombre real de un barcelonés de 51 años que se gana la vida como conserje en una finca. Jordi tiene un contrato de sustitución y cobra unos 800 euros al mes. Desde hace cerca de un año vive en el Centro Residencial de Inserción Hort de la Vila, en Sarrià-Sant Gervasi.  

A simple vista, Jordi rompe todos los tópicos de las personas sin hogar. Bien vestido, licenciado universitario, sin adicciones, con inquietudes, escribe guiones que envía a productoras y televisiones... No es exagerado decir que Jordi fue un profesional con éxito, aunque nunca ha tenido propiedades ni ahorros.

Jordi, en una terraza en Sarrià Sant Gervasi / JS

Desde mediados de los años 80, Jordi trabajó en distintas agencias y grupos de publicidad. “Ganaba dinero, entre 200.000 y 300.000 pesetas de la época. Pero lo que ganaba me lo gastaba. Me gustaba la buena vida: vacaciones, viajes... Soy un poco manirroto”. Ahora, buena parte del dinero que gana va a un plan de ahorro que le gestiona Sant Joan de Déu. 

Con el fin del último boom de la publicidad, la década pasada, Jordi se vio obligado a compaginar diversos trabajos como: freelance de publicidad, conserje, vigilante… Finalmente, y tras vivir tres años en pareja, y perder buena parte de sus ingresos, volvió a la casa de su madre, un piso en Les Corts de alquiler de renta antigua.

“Cuando murió mi madre, hace dos años, intentaron subirme el alquiler a los precios actuales. No lo podía pagar. Estuve un año en la casa sin pagar y tras acudir a servicios sociales acabé, a principios del 2016, en una habitación de L’Hospitalet pagada primero por unos amigos y después por servicios sociales. En el centro actual entré en junio del año pasado. Por suerte, jamás he dormido en calle. Los servicios sociales lo evitaron”, explica.

Jordi no tiene más que palabras de agradecimiento hacia los profesionales del centro de Hort de la Vila. “Nada más entrar, lo que más me sorprendió fue su cercanía”. Pero le gustaría vivir en un piso. Sin embargo, el mercado de alquiler es ahora mismo una utopía para él. “Los pisos son caros en todas partes. Que la vivienda es un derecho sólo está en la Constitución. La realidad es muy distinta”.

“YA SOY VIEJO PARA EL MERCADO LABORAL”

Pedro (nombre ficticio), un uruguayo de 54 años, llegó a España en el año 2000, concretamente a Madrid, donde trabajó de camarero y en el sector de la limpieza, donde montó una empresa familiar que se fue al garete.

A Barcelona se instaló en 2013. Tras vivir un tiempo en la casa de su pareja, Pedro se tuvo que ir, aunque sólo durmió una noche al raso. Pasó por varios centros de acogida y, finalmente, llegó al centro de Sant Joan de Déu del Poble-sec.

Pedro, en el centro de Sant Joan de Déu del Poble Sec / JS

Desde hace un año y medio vive en un piso de inclusión social de Sant Joan de Déu, junto a otras dos personas, y trabaja en la limpieza de un hospital de Barcelona los fines de semana y festivos. Aunque tiene contrato indefinido, sólo cobra 410 euros.

“Me siento muy bien de salud. Pero para el mercado laboral, ya soy viejo. Se da la contradicción que a muchos jóvenes no se les contrata porque no tienen experiencia. Y yo que la tengo, soy viejo”, dice Pedro, que estudió sin acabar un peritaje técnico del ámbito de la construcción.

A Pedro, como a sus compañeros, le preocupa especialmente el tema de la vivienda. “En el piso de inclusión no me puedo quedar eternamente. Me gustaría alquilar una habitación, pero cuesta al menos 300 euros. No los puedo pagar”.

Francesc Pous, de Sant Joan de Déu, explica que la estancia marcada en centros como el del Poble-sec es de unos tres meses. Hay lista de espera. Pero la permanencia se alarga, por término medio, unos 110 diez días. 

Y después, ¿qué ocurre con estas personas? Pous dice que un 55% de las personas  que trabajan consiguen alquilar una habitación o se trasladan a algún piso de inclusión de alguna entidad o del Ayuntamiento, donde se les puede hacer un seguimiento, aunque casi nunca salen de la precariedad. Al resto, se les aconseja que vuelvan a entrar en el circuito de atención social de la ciudad, a través del Servei de Inserció Social (SIS) del Ayuntamiento para evitar que caigan de nuevo en la calle. En algunos casos se consigue. En otros, no.

Comedor de Arrels Fundació / JUAN LEMUS MERCADO - ARRELS FUNDACIÓ