Nació en Tordera y a los siete años se marchó de casa para siempre. Desde entonces, la calle y la soledad. Sin techo la mayor parte del tiempo. Miquel ha dormido en las calles de Lleida, Valencia, Huesca, Pamplona y Barcelona. En la capital catalana llevaba 14 años merodeando por las calles hasta que Arrels Fundació le ofreció la oportunidad de ocupar una de las viviendas del edificio de la calle Sant Eloi 2-4, en el barrio de La Marina, gestionado por la Fundació Hàbitat 3. Desde entonces, es uno de los 44 inquilinos que viven en el primer y único edificio de Barcelona que da cobijo a personas en riesgo de exclusión social como él. La suya es una historia dura y, de momento, con un final feliz.

“La verdad es que estoy muy bien aquí, he hecho mi vida, este es mi barrio y esta es mi casa”, expresa Miquel. Entró, junto al resto de ocupantes de las 32 viviendas que tiene el edificio, en septiembre de 2015. Tras más de año y medio de convivencia, las conclusiones de este proyecto pionero son muy positivas desde todas las partes. Los 44 inquilinos son usuarios de alguna entidad social y presentan problemas de salud mental, adicciones o han sido personas sin hogar. “Llevaba 23 años y medio en la calle y ha sido la oportunidad de ordenar un poco mi vida”, agrega Miquel. Tiene 53 años ahora.

UNA VIVIENDA DIGNA

“El primer año y medio lo hemos vivido como un proceso en el que estas personas se han hecho a la idea de que tienen su casa, con todo lo que esto supone, que es mucho. Ahora, en esta segunda fase, ya podemos empezar a trabajar los temas más de convivencia, porque ahora ya han asumido que tienen su casa”, explica Marta Olaria, responsable del área social de la Fundació Hàbitat3. “El hecho de tener acceso a una vivienda digna adecuado a sus necesidades, asequible y con vocación de permanencia da una estabilidad que permite plantearse un proyecto vital”, añade Olaria.
 

Miquel en su piso del barrio de La Marina

Miquel ha decorado la vivienda a su gusto. Geranios, cactus y margaritas ocupan el pequeño balcón del que dispone, del que cuelga también una bandera del Barcelona. Le acompañan un canario, y, a menudo, el perro de la hija de su pareja. “De pequeño, en mi casa tenía siempre flores por todos los lados de mi madre, me gustan”, comenta. No tiene contacto con nadie de su familia y no habla con ninguno de sus cuatro hermanos desde hace más de 30 años. Antes de acceder a esta vivienda dormía en la zona de Montjuïc, de donde se marchó con la cara llena de magulladuras: “Todas las cicatrices de mi cara son de peleas… Siempre había peleas”.

El edificio de la calle Sant Eloi se construyó en 2008 con el objetivo de albergar a estudiantes, pero sufrió una ocupación de muchas de sus viviendas por parte de proxenetas y prostitutas que causaron desperfectos en todo el edificio y numerosos problemas de civismo con los vecinos. “En aquella época era imposible vivir, entrabas y parecía un vertedero, estaba completamente degradado y ocupado por delincuentes”, resume José Sanjuán, vecino de la zona y conserje del edificio durante las tardes de 17 a 20 horas. Es empleado de Hàbitat 3 y su misión es clara: “No debe entrar nadie que no sea del edificio para evitar que se repita aquello”. Además, cuenta, ayuda a los inquilinos con pequeños arreglos de la casa e, incluso, ejerce de psicólogo cuando le cuentan sus problemas y de mediador cuando hay peleas. “Normalmente está la cosa tranquila, simplemente hay que tener un poco de paciencia porque algunas personas hacía muchos años que no vivían bajo un techo y en comunidad”, manifiesta.

El edificio en el barrio de La Marina que alberga a personas con riesgo de exclusión social

Los inquilinos pagan cuotas de alquiler para vivir en cada uno de los 32 pisos. En el caso de Miquel, desembolsa 161 euros al mes, pero cada una de las ocho entidades que se reparten las viviendas lo hace a su manera. “Desde Hàbitat 3 intentamos promover el Housing First, que habla de vivienda permanente y que no se trate solo de viviendas temporales, aunque no lo podemos imponer y cada entifdad tiene su forma de enfocar este tema”, explica Olaria. Y sentencia: “La temporalidad acaba siendo una Espada de Damocles que hace muy difícil que te plantees un cambio vital si estás en una situación tan inestable”.

UN AÑO DE CONTRATO

Tras más de 23 años en la calle, Miquel, sin trabajo actualmente, disfruta de un techo y una vivienda digna. Acaba de renovar por un año más el contrato de alquiler del piso. Y asegura que gracias a la estabilidad ha podido establecer rutinas en su día a día y despegarse de la mala vida que le ha acompañado durante décadas. 

Su caso ejemplifica el éxito de un proyecto que lucha por la integración social de personas en riesgo de quedar apeadas de un ciudad en la que la vivienda es, cada vez más, un lujo y no un derecho.