De los Campeonatos de Europa de Esquí (1985) al último Dakar (2017). “A veces, una tragedia lleva una carga de virtudes escondidas en su interior”. El mensaje es de Albert Llovera, un deportista de 50 años que sufrió un grave accidente en Sarajevo, solo un año después de participar en los Juegos de Invierno de 1984. Hoy es un claro ejemplo de superación, de ”vivir la vida sin límites”.

Albert nació en Andorra (1966) y siempre fue una persona muy competitiva. En los Juegos de Sarajevo obtuvo unos resultados muy discretos con la selección andorrana y un año después afrontó su segunda gran cita en la misma ciudad, que entonces pertenecía a la extinta Yugoslavia.

“Era un día de lluvia, con niebla. A final de temporada, cuando la gente estaba agotada, era cuando yo rendía mejor. Y cuando las condiciones climáticas eran adversas, más disfrutaba. El problema es que no podía imaginarme que un juez se cruzaría por la línea de meta cuando iba con la cabeza gacha para arañar algún segundo al cronómetro. El choque fue muy fuerte”, relata Albert.

Albert Llovera en los Juegos Olímpicos de 1984 / albertllovera.com

El ahora piloto de rallies añade: “Me rompí todas las costillas del lado izquierdo, la clavícula, el esternón de arriba a abajo, una pierna y me fastidié tres vértebras. Él sólo se fracturó la cadera, pero el helicóptero sólo podía auxiliar a una persona y se llevó al juez porque gritaba mucho. Desde entonces, no tengo movilidad ni sensibilidad en una gran parte del cuerpo”.

LA BOTELLA DE OXÍGENO

Las horas siguientes al accidente fueron terribles. Un cúmulo de desgracias. Albert recuerda que la Sarajevo del 85 “era como la España de los años 70” y denuncia que le trataron “muy mal”. “Estuve mucho tiempo inconsciente y, de repente, me encuentro a 400 kilómetros de Sarajevo. Me llevaron a varios hospitales y me echaban inmediatamente. Nadie quería responsabilizarse de mí y me trasladaron a Liubliana. Yo pensaba que estaba muerto porque nadie se giraba cuando hablaba o pedía agua en varios idiomas. Una vez cogí una botella de oxígeno y reventé los cristales de la ambulancia porque me estaba congelando y nadie me hacía caso”, remarca.

Albert se emociona cuando relata el accidente. Cuenta su historia con naturalidad, con más ironía que resentimiento, y con la firme voluntad de transmitir un mensaje de optimismo. Sus temores tras el accidente, sin embargo, se confirmaron el día que, en Liubliana, un médico le preguntó si quería ser trasladado a Barcelona o Lausana.

“Le dije que estaba feliz porque estaba vivo y por fin alguien me hacía caso. Me respondió que me callara y me olvidara de las bromas porque estaba muy mal. Pedí que me enviaran a Barcelona, donde me operó el doctor González Adrio, del Barça. Después me trasladaron de la Clínica del Remei al Hospital de Vall d'Hebron porque necesitaba una cama adaptada”, dice Albert.

Albert Llovera realizando ejercicios / albertllovera.com

En el hospital congenió con Vicente, que estrelló su coche contra el de su primo, y con la doctora Ramírez, a quien un día le pidió que le trasladaran a otra sala porque “todos los pacientes que ocupaban la cama que estaba al lado acababan muertos”. “Ella alucinaba conmigo porque no entendía que aguantara tanto dolor”, agrega Albert, quien no dudó en afrontar la recuperación con desparpajo.

En el Hospital de Vall d'Hebron, Albert fue visitado por unos médicos de la NASA que buscaban jóvenes atletas para experimentar con ellos. Le ofrecieron la posibilidad de ser tratado en el Insituto Guttmann, pero no en su centro de Badalona, sino en Inglaterra, primero, y después en Estados Unidos, donde escuchó un mensaje que nunca olvidará. “El doctor me dijo que disfrutara de la vida porque viviría 20 años. Y ya llevo 32”, esgrime.

EL BALONCESTO

“El problema de las personas discapacitadas es que reciben tantos cuidados que su cuerpo se apaga. Es como un coche de lujo que no sale del parking”, argumenta Albert, quien en Estados Unidos comenzó a practicar el baloncesto. Jugaba ante 3.000 personas, pero el deporte de la canasta nunca le sedujo realmente. Lo suyo, explica, siempre fueron los coches. La velocidad.

“Los esquiadores siempre han sido buenos conductores porque en ambos casos se necesitan buenos reflejos”, narra Albert. Con sus amigos de la infancia se iba a los parkings de Grandvalira y montaban sus propios circuitos. “A la quinta o sexta carrera corría igual o más que ellos”, presume el deportista andorrano.

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Terco por naturaleza, se obsesionó con hacer historia en el mundo del motor. Tuvo la suerte de conocer a Clay Regazzoni, expiloto de Fórmula 1 que quedó paralizado de cintura para abajo tras un accidente en 1980, y ambos lucharon para obtener una licencia. Tanta insistencia tuvo premio y, en 1989, Llovera participó en la Copa Peugeot.

Persona con una cabeza privilegiada, Albert recuerda que “en las primeras carreras”, acabó entre el quinto y el 12º. “Mi copiloto, que era un buen amigo mío, me picó al preguntarme si empezaríamos a correr de verdad algún día. A partir de entonces, siempre hicimos podio y ganamos el campeonato en la última carrera. Aquel cojo al que le dieron la licencia por pena, había sido campeón”, dice, con mucho orgullo y un cierto aire reivindicativo.

NUEVOS RETOS

El mundo del motor le tenía totalmente cautivado y buscó nuevos retos. Estuvo tres años con Renault y luego seis más con Citroen. Le gustaban los circuitos pero quería correr en algún rallie y de tanto perseverar, como otras veces en la vida, contactó con los responsables de FIAT, que crearon el Mundial júnior. Con la marca italiana estuvo 13 años.

“En 2001 corrí el Mundial con Sebastian Loeb, Mika Hakkinen, Ginaluigi Galli y Cédric Robert, entre otros. Entre ellos había pique pero yo me llevaba muy bien con todos y siempre la liaba por la noche. Los domingos me pedían que organizara una fiesta para divertirse y nunca les fallaba”, relata con su eterna sonrisa picarona.

Los rallies eran su gran pasión. Y en 2007 se le presentó una oportunidad única. Él no la buscó, pero se la encontró: la posibilidad de participar en el Dakar, gracias, una vez más, a los contactos de Regazzoni. Recibió una propuesta de Isuzu como mochilero de Auriol y Markku Alén. Participó en la última prueba africana y no regresó al Dakar, ya en tierras sudamericanas, hasta 2014. Y desde entonces no ha faltado a la gran cita.

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Albert sabe que el Dakar le da mucha notoriedad, pero lamenta que necesita “unos dos meses” en recuperarse del cansancio. Para participar en el rally necesita 300.000 euros y actualmente cuenta con el patrocinio de Guidosimplex, Crèdit Andorrà, Sunrise Medical, Air Europa y Grandvalira.

Inquieto y persistente, Albert quiere más, mucho más, convencido de que su futuro está “en el Mundial de Rallycross”. “Son carreras que se corren en circuitos de un kilómetro con mezcla de asfalto, tierras y sales. Seis coches salen al mismo tiempo y los últimos quedan eliminados. Son carreras muy cortas e intensas, con mucha adrenalina”, narra Albert, mientras se le encienden los ojos. “Yo soy destripador, no conservador”, explica el deportista andorrano.

EL SEXO

Destripador, o ambicioso, con los coches y con las mujeres. Porque Albert también tiene una vida sexual que es un ejemplo para muchas personas. Se enorgullece de ser el padre de una chica de 20 años y alardea de “correr en los circuitos y detrás de las chicas”, y de tener una agenda llena de citas.

“Me esforcé por tener el control de las erecciones y volví a eyacular seis meses después del accidente. Me costó porque no acababa de centrarme con las chicas. Con la ayuda de la viagra todo es posible y tengo sensaciones que no tienen la mayoría de discapacitados. Me gusta dar placer, pero también sentirlo. No quiero ser una puñetera momia empalmada”, sentencia Albert, que se mueve con gran soltura por Barcelona y vive de las carreras, las conferencias y una ortopedia de medicina deportiva para lesionados musculares.