Ferran Busquets (Barcelona, 1974) llegó hace casi 20 años a la Fundació Arrels. “Por casualidad”, matiza. Estaba haciendo un voluntariado en una cárcel y le cambiaron los horarios, pero quería seguir implicado en un proyecto social. Un día le llegó una carta de la fundación. “Vamos a probar”, se dijo. Empezó como voluntario y ahora es el director, pero a lo largo de estas dos décadas su prioridad ha sido el bienestar de las personas sintecho, una problemática que le apasiona y le indigna a partes iguales aunque nunca levante la voz más de lo necesario.

¿Cómo acaba una persona en la calle?
Hay muchos factores que te pueden llevar a la calle: pérdida de trabajo, de ingresos, problemas de salud mental... La realidad es que están en la calle porque no les proporcionamos una vivienda. Es un problema de la sociedad, no de las personas sintecho, que al final solo tienen la mala suerte de no disponer de una red de seguridad. Si nos pasara a cualquiera de nosotros, se activaría la maquinaria familiar para evitar que acabáramos a la calle.

¿Cuántas personas sintecho hay en Barcelona?
El concepto sintecho es muy amplio y cada vez lo es más. Se habla de unas 3.000 personas sin hogar, es decir, que no disponen de una vivienda en condiciones y no pueden permitirse una. De estas, como mínimo hay 941 (el último recuento es de mayo de 2016) que están durmiendo al raso, en cajeros o en otros sitios, en su mayoría en Ciutat Vella, Eixample y Sants-Montjuïc. El resto tampoco tiene una vivienda, pero no duerme en la calle gracias al trabajo de las entidades privadas y los servicios sociales.

¿Por qué este millar de personas duerme al raso?
Están en la calle porque no tienen un lugar donde dormir. Nadie duerme en la calle porque quiere sino porque no sabe cómo salir de esa situación o no quiere arriesgarse a dar un salto al vacío. Quizá lo ha intentado otras veces y ha tenido que volver. Acabamos de abrir un piso de muy baja exigencia y tenemos a 12 personas que hace un mes no querían ir a ningún sitio. Quizá no es que no quieran salir de la calle, sino que no les estamos ofreciendo lo que necesitan.

¿Hay algún indicio de mejora respecto a los últimos años?
Nosotros cada año atendemos a más gente. La tendencia de la cifra que tenemos de gente que registramos en nuestra base de datos va en aumento. La máquina que tira a la gente a la calle es muy potente y somos un país que permitimos que la gente esté en la calle. Luego hay un problema con las cifras. Para resolver el problema primero hay que cuantificarlo, pero las cifras varían según los criterios que utilices. En Barcelona, por ejemplo, hace un año se contabilizaron 941 personas, pero por la Fundació Arrels cada año pasan cerca de 1.900, por lo tanto algo falla.  

Según sus estadísticas, alrededor de un 90% de los sintecho son hombres. ¿Hay factores sociales que penalizan más a los hombres? 
Hay dos teorías. Una es que la mujer tiene más habilidades y que sabe salir mejor de situaciones complejas porque tiene menos sensación de fracaso al llegar a la calle, aunque no me acaba de convencer. La otra es que la mujer corre más riesgos en la calle (violaciones, agresiones) e intentará salir de ahí lo antes posible. A la mujer que se queda en la calle le será más fácil encontrar un trabajo cuidando niños o personas mayores, limpiando, etc. En el caso de los hombres eso es más complicado. 

Cuando trabajaba como voluntario en la calle tenía la sensación de que muchas mujeres acababan al lado de un hombre. Que cada uno saque sus conclusiones. Ese riesgo también facilita que acepten ciertas situaciones, como la prostitución. No quiero decir que sea algo bueno ni que no tenga otras consecuencias, pero es una realidad. Por eso se dice el tema de la mujer en la calle está oculto.

Muchas veces el sinhogarismo se considera una patología social...
¿La patología de quién es? ¿De la persona o de la sociedad? Hay dos estigmas muy importantes: uno es que no quieren nada. Lo que pasó en Santa Anna -que acogió a decenas de personas durante la ola de frío de enero- es una prueba de que eso no es verdad. Y el otro es el alcoholismo. El alcohol es a veces una causa para empujar a alguien a la calle, pero no siempre, ni muchos menos. Lo que es seguro es que es una consecuencia. Alguien que vive en la calle durante mucho tiempo acabará bebiendo.

Por lo tanto, los ciudadanos también tenemos una responsabilidad.
En esta ciudad tenemos el problema de que la gente que vive en la calle nos molesta. Los vecinos ejercen una presión muy grande sobre la Guàrdia Urbana y el Ayuntamiento. Es muy grave que los vecinos se quejen de que hay una persona durmiendo en la plaza en lugar de avisar para que le ayuden. Es como si en el piso de al lado están maltratando a una mujer y tu llamas a la Policía para quejarte del ruido y no para denunciar la agresión. Es algo que hay que cambiar y cada vez vemos más ciudadanos preocupados. La administración es muy poco ágil y los ciudadanos tenemos que implicarnos.

¿Muere gente estando en la calle?
No tenemos una respuesta. Intuimos que sí, pero no hay datos públicos sobre eso. Estamos buscando esa cifra, que por ahora no existe. Si hablamos de transparencia, hay que hacerlo de verdad. Lo que es una evidencia es que vivir en la calle mata. Las personas que nosotros atendemos tienen una esperanza de vida de 20 años menos que el resto de la población.

Muchos sintecho se quejan de los albergues e incluso prefieren no ir. ¿Qué pasa?
Muchos no quieren ir porque no se está bien en los albergues, pero no es un problema de los educadores sociales, sino de la estructura misma del albergue. No es tan fácil meter en una misma habitación a 10 desconocidos con una vida personal complicada y esperar que no haya conflictos. Los albergues son una solución temporal y luego se tienen que ir, por lo que al final muchos prefieren no ir. La gente necesita soluciones definitivas, no parches.

La parroquia de Santa Anna llegó a acoger a 80 personas durante una noche, por lo que no se puede decir que esas 80 personas no querían encontrar un lugar donde pasar la noche. Lo que no querían era ir a un albergue municipal, que está lejos de donde suelen vivir. Si te mueves por la zona de Plaça Catalunya y tienes que ir sin tarjeta de metro hasta la Llacuna, Dos de Maig o la Zona Franca, es absurdo.

¿Han notado una mayor receptividad por parte del Ayuntamiento desde que cambió el gobierno?
Creo que ahora hay más sensibilidad en lo que respecta a la movilización del parque vacío de viviendas públicas. Lo que no sé es si otro gobierno hubiera hecho lo mismo o no. Porque antes del cambio de gobierno ya se hablaba de que la vivienda social era una necesidad. De momento, no hay grandes cambios y echamos en falta muchas cosas. La administración siempre es un problema. Y en Barcelona, más. Una de nuestras propuestas de cara a las municipales de 2015 fue que se abrieran centros pequeños distribuidos por toda la ciudad para que la gente pudiera llegar sin tener que coger el metro. Son espacios que funcionan.

¿Es difícil salir de la calle?
Es muy lento y, por lo tanto, es difícil. Cuanto antes puedan dejar la calle, mejor. Si me quedo en la calle hoy y mañana me ofrecen una vivienda, difícilmente habrá un problema. Si me la ofrecen al cabo de 20 años de ir de un lado para otro, intentando salir sin conseguirlo, será más difícil. Hay gente que puede tardar años en dar el paso para salir de ese círculo vicioso. Cuanto más se tarde en ofrecer soluciones a la gente que está en la calle, más difícil será vaciar las calles de Barcelona.