Hace casi treinta años, un famoso pedagogo italiano, Francesco Tonucci, llevó a cabo un proyecto que ponía en diálogo el urbanismo y la educación en su pueblo natal. Este proyecto, cuyos resultados fueron trasladados a un famoso libro, se llamó la Ciudad de los Niños. En él, Tonucci hace un esfuerzo para repensar su pueblo y, por extensión, la ciudad occidental (hoy en día cualquier ciudad), poniendo como eje angular a los niños. Si la ciudad la protagonizan los niños, si fueran escuchados a la hora de trazar la trama urbana, desde luego no serían las carreteras y el tránsito de vehículos la pieza más importante y, consecuentemente, las calles no tendrían por qué ser rectas y las aceras no serían estrechas. Las ciudades estarían llenas de parques, plazas, colores, retos y personas y colectivos dispuestos a cuidarte.

El enfoque de Tonucci, aunque hoy nos parezca un tanto inocentón, supuso una auténtica revolución en el pensamiento urbano y en la pedagogía. Pocas veces se había leído antes tanta confianza en los niños, en su capacidad creativa e innovadora y en su protagonismo. Nunca se había pensado la urbe desde la óptica de los más vulnerables, con el ojo puesto en rediseñar las ciudades persiguiendo el desarrollo humano y los cuidados. A la postre de la modernidad y en pleno proceso de replanteamiento urbanístico de Barcelona, ha cobrado protagonismo un enfoque parecido al planteamiento del pedagogo de la región de Las Marcas: el urbanismo feminista.

Antes de proseguir (parece mentira), aún es necesario recordar qué quiere decir el concepto político “feminismo”. No hablamos de un término homólogo respecto del machismo que afirme ni asuma la superioridad de las mujeres. Feminista es quien cree en y apuesta por una sociedad en la que tanto hombres, mujeres, como otras categorías, tengan los mismos derechos. Pero también, el mismo protagonismo, oportunidades y donde los distintos roles, hábitos y actitudes puedan tener cabida, promocionando aquellos que tienen que ver con los cuidados entre las personas y la capacidad para cohesionar los entornos sociales y asegurar la sostenibilidad y reproductividad de las relaciones. Por tanto, un enfoque urbano feminista es aquel que prioriza estas asunciones en el diseño y gestión de la ciudad por encima de la lógica productivista de la acumulación de beneficios mercantiles. Aunque toda sociedad necesita aguardar su pervivencia y debería aspirar a su cohesión, las ciudades, especialmente las ciudades globales, marcas reconocibles más allá de sus fronteras, como Barcelona, son paradigmáticas en su orientación hacia la acumulación de capitales alrededor de su capacidad especulativa.

Si el urbanismo feminista trata de adaptar la ciudad a los cuidados y hábitos relacionales cotidianos, buscando maximizar su adherencia y la protección de las personas, el urbanismo machista deja esto en segundo plano para anteponer la capacidad de los entornos urbanos por producir mercados. Aquello que es rentable se queda y se fomenta y lo que no, tiende a desaparecer. En esto, aunque también ha habido actuaciones en el sentido contrario, Barcelona tiene innumerables ejemplos: las Ramblas o el Park Güell han pasado, sin complejos, de ser entornos comunitarios a parques de atracción turística; los chiringuitos y puestos de la Barceloneta han pasado a la historia para dejar paso a los chill-outs circundado por clientes más bien flotantes. Los entornos desolados de vida pública como el vistoso pelotazo de Europa-Fira, Diagonal Mar, la destrucción del barrio popular de Vallcarca y la intención de sustituirlo por un entorno residencial desconectado, pero, eso sí, muy caro, etc.

También diseñar y condicionar una ciudad a su tráfico rodado privado es un enfoque urbano profundamente machista, pensado fomentar uno de los productos más masculinizados que existen: el coche y el transporte particular, donde se pone en juego la agresividad del tráfico y la hombría de los caballos de potencia, los ruidos contundentes de los tubos de escape y la intensidad de los cláxones… En la ciudad de los machos, el “sálvese quien pueda”, el “búscate la vida”, el “vete por tu carril que yo voy por el mío” o el “mujer tenía que ser” son los mantras que visten las urbes agresivas y desalmadas como la Barcelona post-olímpica. Esa que empezó a dejar de creer en sus barrios para interesarse por la rentabilidad de su proyección y de sus faraónicos proyectos urbanísticos (en esto la plaza de las Glorias siempre fue ejemplar).

Hablar de pensamiento urbano feminista es hablar de los usos, libertades y derechos del espacio, tener en cuenta que la ciudad se construye en términos de género a través de las diferencias en los hábitos y las desigualdades de acceso al espacio público. Desigualdades respecto de la seguridad en la calle (recordemos que en 2011 un 30% de las mujeres de Barcelona confesaron que procuraban no salir solas a la calle nunca), el uso de las plazas y parques para la crianza vs. el ejercicio físico o el “terraceo” (por ejemplo), usar las calles para trasladarse vs. para permanecer, residir vs. convivir en el barrio, etc. Y una ciudad que despiste resolver estas desigualdades acaba ayudando a construirlas. Repensar la ciudad desde una perspectiva feminista es dejar de crear espacios bajo la lógica productivista, política y socialmente restrictiva y compartimentada, para comenzar a pensar en entornos que prioricen los usos cotidianos de las personas  y su capacidad para producir comunidad.

La Barcelona de las niñas es la que reivindica el derecho a la apropiación del espacio por parte de “lo cotidiano”, de forma continuada y en condiciones de seguridad. Es la Barcelona que protege a su población trabajando lo común, la que resiste a la lógica de la productividad luchando por el derecho a la vivienda, a los espacios públicos de la ciudad, la que defiende a los barrios populares ante las avalanchas especulativas que expulsan a las familias. La Barcelona de las niñas es la que combate a la cultura dominante de la gentrificación y la exclusión de las clases subalternas del acceso libre al espacio, la que pasa de la vulnerabilidad a la resistencia colectiva para construir, desde abajo, modelos urbanos inclusivos, que no dejen a nadie ni durmiendo en un cajero, ni sin salir de casa por miedo a lo que pueda pasar en la calle. La Barcelona de las niñas es, en definitiva, la ciudad que se piensa a sí misma partiendo de la diversidad en términos de género, edad, origen, hábitos culturales o ritmos para que nadie se sienta extraño en ella, para que nadie sea expulsado, para que todas las personas tengamos la certeza de estar cuidadas por la comunidad y con la seguridad de poder desarrollarnos en paz.