Los ciudadanos, lunes tras lunes, soportan mil incomodidades en el metro mientras la dirección de TMB y el comité de empresa negocian un nuevo convenio colectivo. El conflicto, muy enquistado, sigue pudriéndose mientras las instituciones optan por el silencio como respuesta. El gobierno de Ada Colau, en palabras del Demòcrata Joaquim Forn, “está desaparecido” y los usuarios lamentan que los mismos dirigentes que abogan por una ciudad sostenible sean incapaces de resolver los principales problemas de movilidad de la ciudad.

Barcelona ya acumula seis lunes de paros parciales en los últimos dos meses. La resignación inicial se va transformando en un malestar creciente, con imágenes dantescas (colas, empujones, mareos...) en las principales estaciones y en los vagones del metro. Colau calla y Gerardo Pisarello, su hombre de confianza, está en otras batallas. En TMB, mientras, los trabajadores están hartos de los sueldos (anuales) con seis cifras de muchos directivos y de los tratos de favor de la cúpula.

En los años más duros de la crisis, en TMB se cometieron muchas irregularidades, por no utilizar palabras más fuertes de algunos directivos molestos con el rumbo de la entidad. No es de recibo que el exdiputado socialista José Vicente Muñoz tuviera un trato de favor tras abandonar la actividad política y fuera nombrado como Adjunto de Comunicación y Relaciones Institucionales después de una excedencia forzosa. Mucho más bochornoso es que la directora financiera, Dolores Bravo, fichara, recientemente, a su marido como nuevo jefe de compras.

La prometida transparencia de TMB se ha convertido en una broma de mal gusto. Si Colau no puede controlar las malas praxis ni el enchufismo en una de sus casas, bien haría en no meterse en asuntos ajenos por cuestiones meramente ideológicas.