25 años de los juegos, un cuarto de siglo de grúas. Se suele decir que el evento deportivo abrió la ciudad al mar, pero esta afirmación no viene a ser del todo cierta. Barcelona ya vivía desde hacía décadas de cara al mar. De hecho, decenas de miles de vecinos vivían en sus playas como la del Somorrostro o el Bogatell, solo que a estos pocas veces se les contabilizaba como conciudadanos. Por ello y con los años, estos fueron desplazados hacia la periferia, pero esta ya es otra película.

BLOQUES PRIVADOS

De los lagos de la Llacuna y el paludismo que envolvía el cementerio del Poblenou no queda casi nada. Bueno, algún edificio se remueve por la arcillosa superficie sobre el que se levanta y el cementerio continúa allí, pero nada más. Donde antes no había ni campos, ahora solo hay bloques. Algunos de ellos, residencia de los deportistas en sus primeros días y que luego se convirtieron en golosina de las promotoras inmobiliarias.

Toda una transformación urbana sembrada por el tocho que llegó casi hasta la ribera del Besòs (y que luego otro socialista, Joan Clos, cosería mediante la enorme plataforma de hormigón del Fòrum y las torres de lujo). Un festín de retroexcavadoras y hormigoneras con un no-invitado que ahora se le echa de menos: la vivienda social. Se calcula que, tras perder aquella oportunidad histórica, Barcelona solo dispone de un parque de vivienda pública de alrededor del 1,6%.

SE VENDE FRENTE MARÍTIMO

“Se ha acusado al urbanismo de después del 1992 de servir sobre todo a a los promotores inmobiliarios o los especuladores”, explica en su libro 'Llums i Ombres de l'Urbanisme de Barcelona' el entonces teniente de alcalde, Jordi Borja. Unas operaciones “destinadas a obtener un beneficio” que justifica por la labor que llevó a cabo en los barrios populares del norte. Argumento muy cuestionado si se repasa la hemeroteca de la revista Carrer de la época; una de las únicas publicaciones que mantuvieron su compromiso de contrapoder.

Según señala Borja, el frente marítimo estaba “abandonado” y era “insalubre y prácticamente inaccesible”, porque el plan Cerdà “no lo había integrado en la ciudad. Si bien el urbanista apunta que “desde finales del siglo XIX el frente litoral había estado ocupado por barrios marginales y algunos grupos de 'casas baratas'”, quien fuese mano derecha del exalcalde Pascual Maragall no explica cuál era el motivo por el cuál aquellas familias residían en esas condiciones y qué había hecho la administración por ellos.

UNA CIUDAD CONSTRUIDA SOBRE OTRA CIUDAD

De hecho, el propio Ayuntamiento de la época casi que ni tenía en cuenta el sentimiento barcelonés que pudiesen tener aquellas familias y que Borja perpetúa en su libro: “Barrios [del frente marítimo] que los barceloneses solamente conocían cuando los veían des del tren que iba o salía de la estación de Francia”. Barrios que ahora se intentan mitificar con aires nostálgicos, pero que fueron borrados de la noche a la mañana para dejar paso a la cobertura de las vías ferroviarias, la eliminación del canal de aguas residuales en superficie, la construcción de las rondas y la prolongación del metro.

Un proyecto público que terminaron de coronar los promotores privados por la 'seducción' que generó el mismo Ayuntamiento de la época. Una ampliación del Pla Cerdà que, sin embargo, nunca ha conseguido combinar el espíritu residencial con el comercial. Si bien decenas de miles de conciudadanos se sintieron atraídos por la posibilidad de residir frente al mar, los locales comerciales de sus bajos nunca han terminado de explotar ni se han organizado potentes establecimientos de proximidad.

Tal como reconoce el exteniente de alcalde, la importante inversión municipal que tuvo que llevar a cabo el consistorio para transformar los espacios públicos comportó la venta de algunas áreas al sector privado. Operación que siempre tendrá una fotografía emblemática: la torre Mapfre a medio construir en plenos juegos olímpicos. Su constructora quebró en plena fiebre del ladrillo.