Hoy (20 de abril de 2017) hace precisamente 120 años, cuatro líneas cambiaron el devenir de la ciudad. Por vía de Real Decreto, el plano de Barcelona reconfiguraba sus fronteras. La ciudad absorbía (casi) todos los territorios de su alrededor. El escrito de la Reina Regente María Cristina iba a misa: “Quedan agregados en su totalidad al termino municipal de Barcelona los de Gracia, San Martín de Provensals, Sans, San Andrés de Palomar, San Gervasio de Cassolas y Las Corts”. Nacía la Gran Barcelona.

La agregación de los seis municipios independientes no fue cosa de cuatro días. Durante más de 20 años, el Ayuntamiento de Barcelona reclamó al Gobierno de la Restauración la anexión de los municipios que le rodeaban. Si bien había conseguido derribar las murallas, apenas disponía de terrenos propios en los que edificar la trama Cerdà. Tal como insistía el consistorio, “acerca de la conveniencia y justicia de esa petición apenas cabe ya duda ni debate”. La plaça de Sant Jaume lo tenía muy claro; las periferias, no tanto.

LA CLASE ALTA, DIVIDIDA

Las discrepancias que suscitaba la agregación de las localidades limítrofes era latente. Si bien las antiguas parroquias del plano barcelonés consiguieron su independencia de las instituciones catalanas y barcelonesas a través del Decreto de Nueva Planta de 1716; la posibilidad de devolver el poder a la capital no gustaba a sus élites económicas y generaba discrepancias entre la clase política. Según esgrime el historiador Daniel Venteo, "en el ámbito político, se produjo una doble dinámica, tanto de la clase política local que anhelaba equipararse con sus referentes de la Casa Gran de Sant Jaume —el poderoso Ayuntamiento de Barcelona— cómo de aquellos que, en cambio, luchaban por su independencia de actuación respecto del ambicioso gobierno de la capital catalana".

¿Pero cuál era el motivo de discusión principal? La butxaca. Integrarse en Barcelona les suponía pagar más impuestos. Al fin y al cabo, “a la base obrera le daba igual ser de su pueblo o de Barcelona, ya que su vida se basaba en cumplir sus 12 o 14 horas de trabajo en la fábrica o en el campo”, explica el historiador de Sant Andreu, Pau Vinyes. Pero a la élite, no le daba lo mismo tributar en un municipio que en el otro.

LA GUERRA DE CUBA

Si bien los poderes del Estado no eran proclives a la fusión de territorios, el contexto histórico le soplaba viento en popa al consistorio barcelonés. Aunque “a Madrid no le interesaba que Barcelona fuese más grande en habitantes y extensión”, señala Vinyes; la Guerra de Cuba obligó a la Reina Regente a dar la luz verde a las pretensiones de la Ciudad Condal. ¿Por qué? En pleno conflicto bélico, los recursos del Estado escaseaban. El tesoro debía aumentar sus vías de ingreso.

Embarque del primer Batallón de Cazadores Expedicionario en el puerto de Barcelona en 1896, rumbo a las Filipinas / AUTOR DESCONOCIDO
Embarque del primer Batallón de Cazadores Expedicionario en el puerto de Barcelona en 1896, rumbo a las Filipinas / AUTOR DESCONOCIDO

Como Barcelona ejercía una mayor presión fiscal sobre sus ciudadanos, al ejecutivo central le interesaba que sus vecinos 'independientes' pagaran la misma cantidad impositiva. O en términos coloquiales del siglo XXI, el Estado quería que territorios como Sants o Sant Martí de Provençals dejaran de ser los paraísos fiscales del plano barcelonés.

En relación a ello, el Real Decreto ya contemplaba en su cuarto artículo que “en los diez años siguientes se aumentará la tributación, por décimas partes, hasta unificarla con relación a la población total”. No se escondían. Un engrose de las arcas públicas que, sin embargo, no abrazó la verdadera hucha del plano de Barcelona. Sarrià, municipio en el que residía la mayoría de industriales, no fue anexionado hasta 1921, casi 17 años después de Horta.

LA PRIMERA BURBUJA INMOBILIARIA

Si bien el Reino tenía cierto interés económico en recaudar, los agentes privados también se frotaron las manos con la jugada administrativa. Vinyes señala que el mismo alcalde de Barcelona de 1897, Josep Maria Nadal i Vilardaga, tenía tierras en Sant Andreu. Unos campos que, con la agregación, se le revalorizarían. Tarde o temprano, serían tierras en las que sembrar la trama ortogonal de la Dreta de l'Eixample.

Incluso, con un poco de suerte, podrían ser la superficie sobre la que levantar algún monumento. Años antes el Ayuntamiento de Barcelona había comprado unos terrenos a la Vila de Gràcia para construir el Hospital Clínic, así como Antoni Gaudí conseguiría los permisos de obra de la Sagrada Família en el Ayuntamiento de Sant Martí de Provençals. Por este motivo, la basílica nunca ha tenido permiso de obras barcelonés; “en la época de la agregación ya se dieron por buenos los existentes expedidos por Sant Martí”, apunta el historiador, Josep Maria Contel.

La circunstancia económica también llenó la cartera a algunos afincados en Gràcia. Si bien el municipio era el de más reciente creación de todos los que había en el plano de Barcelona; entre sus 61.000 habitantes (segunda ciudad de Catalunya y 9ª de España en 1897), se pueden encontrar nombres que hicieron una fortuna al vender sus solares conforme avanzaba el plan Cerdà. “Hubo gente con una mano delante y otra detrás que acabó recibiendo distinciones magníficas y acumulando una multitud de propiedades en el Eixample”, señala Contel.

Apertura del passeig de Gràcia en la década de 1870
Apertura del passeig de Gràcia en la década de 1870  / AUTOR DESCONOCIDO

LAS JUNTAS DESAGREGACIONISTAS

Pero volvamos a quiénes 'no' querían pertenecer a Barcelona: las élites. Si bien en las actas políticas de los plenos municipales se daban los hechos “por consumados”, sintetiza Vinyes; las clases burguesas se organizaron para probar de pararle los pies a los inquilinos de la plaça de Sant Jaume. El mismo historiador andreuenc detalla como la Junta Desagregacionista que se organizó en el pueblo del norte del plano, terminó contratando como abogado a quien llegó ser presidente de la I República Española: el ilustre Nicolás Salmerón.

Con él, Sant Andreu de Palomar fue el único municipio que presentó un contencioso administrativo a la anexión. Tal como argumentaba su Junta, esta incumplía la Ley de Municipios de 1877, ya que la localidad estaba situada a más de 6 kilómetros de distancia de los límites de la entonces Barcelona, y tampoco compartía ningún tramo fronterizo con esta. Sin embargo, el contencioso fue desestimado años después. Como recuerda Vinyes: “El Estado español no era un Estado democrático como lo es hoy en día”. En lo que dictaba la Reina Regente, no cabía discusión alguna.

¿ANEXIÓN FORZADA?

Hoy en día la discusión que queda abierta es si fue (o no) una anexión forzada. En opinión de Pau Vinyes, la agregación tarde o temprano se tenía que producir. “Es como la fruta, va madurando y finalmente cae del árbol”, sintetiza de forma metafórica. “Llegó un momento en el que la gran ciudad tenía que crecer anexionándose el resto de pueblos”. Un hecho que, a pesar de transformar al colectivo social, nunca terminó de borrar las señas de identidad de sus territorios. Las avenidas del Plan Cerdà no irrumpieron en los cascos urbanos históricos, e incluso a la Meridiana se le dio una sinuosa curva a la altura de la Sagrera, para que no partiese Sant Andreu por la mitad.

El imaginario colectivo de estos antiguos pueblos se ha preservado. La atmósfera que ha generado la gran urbe no ha terminado de eclipsar los sentimientos de sus vecinos, aunque provocase la desaparición de algunas entidades autóctonas de la época. Tal como rescata Contel, los espacios de la derecha política, como el Foment del Treball o Els Amics del País, terminaron absorbidos por los de Barcelona. Una extinción, que sin embargo, nunca ha terminado de perpetrar en todas las capas sociales. Hay una expresión que aún pervive entre los vecinos más nostálgicos de Sants, Sant Gervasi o Sant Andreu. Cuando van al centro, ellos no dicen anem a la plaça de Catalunya. Lo que todavía se escucha, 120 años después, es: anem a Barcelona.

Plano de la futura Barcelona elaborado por Idelfons Cerdà en 1855
Plano de la futura ciudad de Barcelona elaborado por Idelfons Cerdà en 1855, en el que se representan en tinta oscura los municipios de alrededor