Aviso a navegantes: este no será un artículo objetivo. Al fin y al cabo, el autor fue ciclista durante unos cuantos años. Sin embargo, cabe destacar que pocas veces pedaleó por la ciudad y que ni siquiera la bicicleta era urbana. Con una mountain bike y siendo más joven que Cobi, no resulta muy complicado adelantar a bicings y ciclos plegables. Pero la crónica en sí tampoco pretende reflejar si los barceloneses están en forma o no. Todo lo contrario. La intención no ha sido otra que analizar si la ciudad se ha adaptado para acoger a sus nuevos ciclistas.

Circular por la urbe no es ni mucho menos como ir por la montaña. Cuando se convive con coches sobre el mismo asfalto la presión se multiplica (aunque sea llano). No resulta cómodo tener un motor de 120 caballos acariciándote la rueda. Y lo que es peor, a un conductor estresado porque llega tarde. Pero esto ya no es una cuestión de bicis sí / bicis no, sino de cultura mediterránea. Los carriles bici que se han implementado en carreteras limitadas a 30 km/h igual no son la idea del siglo, pero ante la falta de espacio es importante recordar que uno tiene prioridad de circulación. Por ello no se debe caer en el miedo y circular por el lateral del arcén. Hay que ir por el centro. Y si te pitan, es porque te han visto.

14 MINUTOS SIN AVANZAR

Al fin y al cabo el problema real viste de amarillo. En el trayecto de 7,6 kilómetros (de Sant Andreu al corazón de l'Eixample) nos hemos encontrado con nada más y nada menos que 27 semáforos en rojo. A diferencia de muchas ciudades nórdicas donde es una especie de ámbar, aquí el rojo para bicis y coches quiere decir lo mismo: párate. ¿Es atractivo saltárselo? Pues sí. Para qué negarlo. Pero llevando un carnet de conducir en la cartera y a riesgo de perder algún que otro punto que nunca se ha perdido al volante, casi que es preferible esperar. En total, de los 42 minutos que ha durado el trayecto de casa a la redacción, 14 los hemos pasado parados.

Ante estos datos (legales) resulta más rápido ir en metro. En las circunstancias personales, evidentemente. Más rápido, más cómodo y más higiénico. Nos ahorraremos explicar cómo de engorroso es limpiarse el sudor al llegar a la oficina. Aunque se vista de corto, la distancia es la que es. Ahora bien, la misma prueba con el coche casi que ni merece la pena. Es evidente que se tarda todavía más tiempo en recorrer el mismo trayecto (y, además, le sale mucho más caro al bolsillo y a los pulmones).

Además... teniendo en Barcelona metro y carriles bici, ¿a quién le interesa aumentar todavía más la polución de la urbe? A servidor, por lo menos, no. El 80% de la contaminación es generada por los tubos de escape, los cuales solo representan el 24% de los desplazamientos que se hacen cada día y, por si fuese poco, estos ocupan más del 60% del espacio público. De hecho, el plan del ejecutivo de la alcaldesa Ada Colau es cambiar dicha tendencia. Un cambio cultural del que caben esperar medidas impopulares, pero tal vez necesarias. Cada año mueren más de 3.000 personas de forma prematura por culpa de los humos.