28 kg. de “chatarra larga”, 7.8 kg. de papel, 4.2 kg. de “archivo blanco” y 600 gramos de cable de cobre. En total: 5.82 euros de beneficio por los más de 40 kg. que David, de Senegal, ha conseguido introducir en su vetusto carro de la compra arrastrado durante horas por Barcelona. “Esto no tiene ningún futuro, pura miseria para sobrevivir”, exclama. “Mírame, con 33 años y malviviendo en una habitación que me cuesta 200 euros al mes, sin pareja ni hijos… Ni nada”, lamenta en perfecto castellano. Lleva 11 años aquí. Hoy ha tenido un mal día.

La actividad en una de las muchas naves industriales del Poblenou que compran toda la chatarra que les traen las decenas de inmigrantes que deambulan por las calles de la ciudad a todas horas es incesante. Cada carro que llega se analiza al detalle y se separan los distintos materiales que ofrece. Luego, se paga al peso cada uno de ellos: uno de los más cotizados es el cobre (1 euro el kg.), que contrasta con los 10 céntimos por kg. del papel o los 13 céntimos por kg. del hierro, los dos materiales más comunes. “Para ganar 10 euros con el papel, por ejemplo, se deben recolectar 100 kg… ¡100 kg! Es una locura”, prosigue David.

Recolectores de chatarra haciendo cola en un almacén para vender su cargamento
Recolectores de chatarra haciendo cola en un almacén para vender su cargamento / D.B.

Los hay, sin embargo, que han tenido más suerte. Modou, de Gambia, ha conseguido 18 kg. de aluminio pagados a 80 céntimos el kg. En total: 14.40 euros. “Hoy no ha estado mal, pero no siempre es así”, razona. A la sombra de la Torre Agbar y el pomposo 22@, las calles de Poble Nou acogen un gran número de naves destartaladas que compran materiales de todo tipo. Y, como si de la bolsa se tratara, los precios de los materiales fluctúan y se regulan cada día en función del mercado global. “Va variando siempre, pero como no entendemos ni cómo ni por qué nos resignamos”, zanja Modou. 

A la sombra de la Torre Agbar y el pomposo 22@, las calles de Poble Nou acogen un gran número de naves destartaladas que compran materiales de todo tipo.

El ruido de los golpes de martillo sobre lavadoras, calderas y todo tipo de electrodomésticos para separar los materiales se combina con el olor a rancio y la mugre que impregna estos locales que amontonan cientos de piezas que los barceloneses han desechado. “Cada día pasan por aquí unas 200 personas”, resume el responsable de una de las naves, que quiere permanecer en el anonimato, mientras teclea cifras en el ordenador sin levantar la mirada. “Por esta zona hay ocho o diez naves más donde vender”, añade David, quien asegura que su sueño es volver a Senegal y montar un negocio allí. “Empecé con esto porque es una cosa que puedes hacer nada más llegar, sin depender de nadie y sin que te digan nada, es fácil, pero estoy harto de vivir así”, zanja.

factura
Factura de la chatarra recogida por David, de Senegal.

A escasos metros de la puerta de la nave, en la calle, otro grupo de senegaleses rebusca entre los carros que van llegando antes de ser desmenuzados. “Compramos objetos que estén bien y los reparamos para venderlos de segunda mano en África. Lo que no sirve aquí, allí sí que tiene salida”, explica Moussa, senegalés con acento andaluz. “Estuve varios años en Jaén, pero hace cuatro que vine aquí. En Barcelona la policía es mucho más permisiva que por allí abajo… Ahora estoy más contento, porque prefiero reparar y revender piezas que arrastrar todo el día el carro”, describe. 

La competencia para lograr los mejores materiales es elevada en Barcelona. “Los que viven en la ciudad salen normalmente de noche, cuando hay menos gente, pero hay muchos que vienen de fuera, desde Mataró o Granollers, y si no consiguen llenar el carro pierden dinero con el billete del tren”, relata David. “Es una lotería, nunca sabes lo que te vas a encontrar ni en qué barrios irá mejor, pero lo más rentable es cuando consigues el material de un edificio en reformas… El problema es que muchas veces los propios trabajadores de la obra recolectan el material y lo venden para ganar algo de dinero extra”, se lamenta.  

Un hombre empujando un carrito de la compra lleno de residuos / D.B.
Un hombre empujando un carrito de la compra lleno de residuos / D.B.

A última hora de la tarde el bullicio que se forma en las distintas naves es considerable. Los más afortunados saldan el día con un balance que les otorga, al menos, un pequeño balón de oxígeno económico. Aunque saben que mañana el marcador empieza de nuevo a cero. Con el carro vacío y kilómetros por el asfalto barcelonés por delante rebuscando entre los deshechos. 

En el mundo de David, Modou y Moussa no hay ni brokers ni glamour. Los millones son céntimos. Los Mercedes son carros de supermercado. El lujo es seguir un día más con algo que llevarse a la boca. 

Es la Bolsa de la miseria.