El urban yoga vive su momento dorado en Barcelona. Solo hay que echar la vista atrás a los últimos dos meses para darse cuenta. Desde el Free Yoga by Oysho, un evento multitudinario y gratuito, que el pasado 10 de junio reunió a 2.500 personas entre las palmeras del Passeig Lluís Companys o la reciente celebración de la séptima edición del Barcelona Yoga Conference, un encuentro organizado en el colegio del Sagrat Cor de Sarrià. Desde el 19 al 23 de julio, 1.200 aficionados y 60 profesores de diferentes nacionalidades practicaron hasta 20 modalidades diferentes de esta disciplina.

La próxima gran convocatoria se celebrará el 15 de octubre con el Barcelona el Wanderlust. Se trata de una cita obligada en Estados Unidos que este año se celebra por primera vez en la capital catalana donde se organizará una carrera de 5 kilómetros, unas masterclass de yoga y otra de meditación. Todas ellas, citas multitudinarias de diferentes modalidades y sus asanas (posturas), que se suman a las quedadas en parques y playas cuando el tiempo lo permite y, sobre todo, el los cientos de locales o gimnasios donde la palabra yoga ha dejado de ser extraña. Un panorama muy diferente al que se encontró la yogui y profesora Xuan-Lan cuando llegó a la ciudad hace 17 años procedente de Nueva York, la meca del yoga urbano.

Participantes del Barcelona Yoga Conference 2017
Participantes del Barcelona Yoga Conference 2017 / Wari Om Yoga Photography

DE LA BANCA AL YOGA COMO MODO DE VIDA

“Ahora hay muchos centros de tipo de yoga, Barcelona está más avanzada que Madrid. La densidad aquí, la oferta es muy amplia. En diez años ha sido un boom, es brutal”, explica esta parisina de origen vietnamita, una de las impulsoras del Free Yoga by Oysho, que llegó a Barcelona tras su paso por Estados Unidos donde descubrió la disciplina. Una vez aquí quiso continuar con ella pero no había oferta. “Practicaba vinyasa en Nueva York y cuando llegué, busqué y no encontré nada pensé que era una marciana”. Hasta que encontró una sala en Sarrià a la que acudía tras sus jornadas de trabajo en La Caixa.

Empezó a compaginar las clases que recibía con las gratuitas que ofrecía, hasta que decidió que el yoga ya no era su hobby, era su estilo de vida que ahora la lleva a dar clases reducidas y multitudinarias, escribir un libro, un blog y llevar unas redes sociales con miles de seguidores. Como ella, Olga Oskorbina, una profesora de origen ruso que descubrió el yoga mientras vivía en Kansas (Estados Unidos) llegó a Barcelona en 2010 cansada del mundo corporativo y con ganas de seguir con sus prácticas como profesora. Pero como no encontró su sitio en la capital catalana, abrió el suyo: Jivamukti Yoga, en Urquinaona. 

yoga india
La Unesco declaró el yoga de la India Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2016 / EFE

EL 'BOOM' YOGUI

“Lo que he visto en estos siete años es que la gente tiene mucho interés y que la comunidad ha crecido un montón. Yo empecé con dos clases a la semana con una o dos alumnas por clase y ahora, los sábados hay hasta 50 personas. Tendremos entre 25 y 30 clases a la semana con horario de mañana, mediodía y tarde y diferentes niveles”, explica en su centro junto a Xan-Lan y otros tres yoguis.

Uno de ellos es Guillermo Arriaza, gerente del centro Mandiram Yoga Gracia (hay otros dos en Barcelona), empezó en el mundo hace apenas tres años por recomendación de la misma persona que ahora es su pareja. Como muchos, o prácticamente todos, empezó sin mucha pasión. “No me enamoró la primera vez, algo que le pasa a muchas personas”, explica en un encuentro con el resto de yoguis.

Ahora, también ha hecho de esta disciplina su modo de vida al igual que Karina Gusalova, también profesora del centro Jivamukti Yoga tras ser planificadora de medios en Mango. Empezó sus andaduras en este mundo junto a  Xuan-Lan con la que sigue aprendiendo y practicando. Ambas le dan mucha importancia a la contínua formación, más allá de ese título que en un mes puede acabar en manos de cualquier aficionado.

Xuan-Lan durante la séptima edición de la BYC
Xuan-Lan durante la séptima edición de la BYC / YogaandPhoto.com

EL PERFIL BARCELONÉS

Los cuatros coinciden en delimitar entre los 30 y los 45 años el perfil habitual de los alumnos de yoga, aunque aclaran que según el barrio, la tipología de clase puede cambiar mucho. “En Gràcia, donde yo estoy, el público ronda los 30 años y por lo general suelen ser mujeres, madres, aunque cada vez más hombres se apuntan. En el de Urquinaona hay más turistas o hay más gente de paso. Y el perfil de Poblenou, son personas que trabajan en la zona, son más trabajadores”, puntualiza Arriaza.

Xuan-Lan reconoce que en comparación con otras ciudades como Nueva York, Barcelona va 20 años por detrás, pero también cree que “a nivel de calidad, de oferta y cantidad, es muy buena”. ¿Le queda recorrido a la ciudad? Todos coinciden en afirmar que mucho, que la disciplina ha llegado para quedarse.

MÁS ALLÁ DEL FÍSICO

“Te puede ayudar en cualquier momento de tu vida: para aliviar el dolor, si quieres montar una empresa, te ayuda a concentrarte, si el objetivo es alcanzar un sentido del amor… Todo ello está aquí”, cree Karinan, quien añade que el yoga “va más allá de los físico”. Jan, uno de los alumnos de Olga, considera que si esta disciplina “ahora está de moda es porque hay una necesidad. Es la manera de trabajar, que crea estrés”. Y en los asanas, la meditación o los cantos de mantras todos ellos han encontrado un nuevo estilo de vida. El mismo que, día a día, cala un poco más en esta ajetreada ciudad.

Falta por ver si aquí también llegarán modalidades tan delirantes como el yoga con cabras que se ha popularizado en Estados Unidos o el que busca la concentración con una copa de vino o de cerveza en la mano.