Los vecinos de la calle Fontcoberta pasan a diario por delante del Centro Aragonés de Sarrià y se preguntan, extrañados, cuándo reabrirá sus puertas. Con casi 90 años de historia en el barrio y 35 en su ubicación actual, el centro se había convertido en un local de reunión para pasar tardes ociosas en la terraza interior o asistir a los festivales que organizaban de vez en cuando con otras entidades aragonesas de la provincia de Barcelona. Pero hace casi dos años que está mudo y sin jotas.

La denuncia de una vecina por exceso de ruido en verano de 2015 puso contra las cuerdas al centro y supuso el comienzo de un periplo contra la maquinaria burocrática del distrito, que lleva meses pidiendo papeles y certificados que ya tenían o pasando el tema de despacho en despacho. “La vecina estaba en su derecho de poner la denuncia si le molestaba el ruido, pero cuesta entender que para cerrar el centro tardaran un día y para reabrirlo se necesiten varios meses de trámites”, denuncia Álex, miembro de la junta directiva que ha lidiado con el distrito.

LA SOLUCIÓN PODRÍA ESTAR CERCA

Después de gastarse casi 30.000 euros en obras de aislamiento e insonorización de los dos primeros pisos del edificio, el Centro Aragonés lleva cuatro meses esperando a que la vecina que interpuso la denuncia permita el acceso a su vivienda. Los técnicos municipales deben hacer unas mediciones para certificar que ya no hay ruido y cerrar el expediente, pero hasta ahora no ha sido posible por la falta de interés de la mujer, que ha dilatado el proceso tanto como ha podido. 

El Centro Aragonés de Sarrià, fundado en 1929, está en la calle Fontcuberta desde 1983 / XFDC
El Centro Aragonés de Sarrià, fundado en 1929, está en la calle Fontcuberta desde 1983 / XFDC

Fuentes municipales han confirmado a Metrópoli Abierta que han conseguido localizarla y que, en principio, el próximo 2 de junio será la fecha en la que por fin podrán ir a su casa, aunque los responsables del centro ya no se fían de nada ni de nadie. “Ya no podemos hacer nada más. Hemos presentado todo lo que nos pidió el distrito y ahora estamos a expensas de la vecina”, explica Álex. Las obras acabaron en julio de 2016 y entre certificados y permisos no lograron que la auditoría diera el visto bueno hasta principios de diciembre. Desde entonces ha sido un mareo constante.

UN CENTRO SIN VIDA

El Centro Aragonés de Sarrià tiene unos 300 socios, en su mayoría residentes de otros barrios que solían ir a menudo para encontrarse con amigos y familiares no solo de Barcelona, sino de toda el área metropolitana. “Antes venía gente de Badalona, Santa Coloma o El Prat. Organizábamos festivales jotas y comidas, hacíamos vida aquí”, lamenta Álex. “Esto era más que un centro, era un punto de reunión que permitía organizar muchas más actividades”.

La pérdida del día a día ha sido una estocada, quién sabe si de muerte, para el centro. “Soy socio desde que tenía cinco años y en los últimos años la actividad había caído bastante porque cuesta animar a los más jóvenes”, lamenta Nacho, otro de los socios. Pero desde que cerró está desierto. Apenas unos 30 o 40 socios pasan de vez en cuando para ensayar y hacer una partidita de cartas porque la denuncia solo afecta a la licencia de actividades abiertas al público, pero permite que los socios hagan uso del centro. 

El bar del Centro Aragonés daba mucha vida a la entidad / XFDC
El bar del Centro Aragonés daba mucha vida a la entidad / XFDC

“Ya no es lo mismo”, señala Álex. “Venir a ensayar está bien, pero luego no podemos hacer nada más. Cuando había el bar nos quedábamos a cenar, charlando con los vecinos”. El bar, que era una fuente de ingresos importante para el centro porque concedía la explotación a cambio de un alquiler, daba mucha vida. “Los jubilados jugaban a cartas y al dominó, muchos trabajadores de la zona venían a comer porque había un menú de mediodía muy barato y por las noches se llenaba para el fútbol”. Y luego estaban las grandes fiestas, como el carnaval, Sant Jordi o el Pilar, que tenían mucho éxito.

Tras muchos meses de peleas, los socios están bastante desanimados y lo único que quieren es cerrar este capítulo. “Los socios presionan mucho y al ver que no se soluciona son pesimistas, sobre todo los mayores. Piensan que habrá que vender el edificio”, explica Nacho. “La vecina debería haber venido directamente a nosotros y hubiéramos intentado arreglar el tema de forma amistosa, como hemos hecho con otras quejas”. Aunque cumpla su palabra y permita el acceso a los técnicos el próximo 2 de junio, poner en marcha el centro llevará meses. Con suerte las jotas volverán a inundar el barrio antes de las próximas fiestas del Pilar