¿Es posible encontrar en plena ciudad de Barcelona un barrio en el que su gente vive, siente y actúa como si estuviera en un pueblo? Aunque en pleno siglo XXI parezca imposible, la respuesta es sí. Como si de la aldea gala de Asterix se tratara, aunque aquí no hay que luchar contra los romanos, el barrio de La Clota es un pequeño oasis de tranquilidad, en medio de una ciudad tomada por los coches y el ruido.

En La Clota reina el silencio. Recorrer sus estrechas callejuelas, hablar con sus vecinos, observar sus casas y, sobre todo, sus enormes huertos, permite retroceder en el tiempo y comprender que la vida puede ser, dentro de una ciudad enorme, sosegada y apacible.

La torre circular es uno de los emblemas del barrio. CR

Cierto que tienen algunas carencias. “Hasta hace unos dos años había alguna casa que no tenía agua corriente, pero eran solo un par, ahora ya está solucionado”, reconoce uno de sus vecinos. Pero los habitantes de La Clota no quieren que el barrio vea sacudida su forma de vida por un urbanismo desmesurado o por ver crecer su población de manera descontrolada.

“Aquí nos conocemos todos, somos menos de 500 empadronados y la mayoría llevamos toda la vida en el barrio”, afirma Francisco, vocal de la Asociación de Vecinos de La Clota. “Sabemos que hay una planificación para construir algunos edificios de viviendas, que no pueden pasar de los tres pisos de altura. Entendemos que el barrio pueda modernizarse, pero sin que eso nos haga perder la esencia. Hay que tener en cuenta que ahora mismo somos el barrio con menor densidad de población de Barcelona”.

Las calles estrechas tiene encanto. / CR

El atractivo de sus callejuelas no pasa desapercibido. De hecho, algunos fines de semana son numerosos los amantes de la pintura que plantan sus caballetes en algún rincón del barrio para plasmar en el lienzo un paisaje que es prácticamente imposible de encontrar en cualquier otro distrito de la ciudad. Y también es habitual la presencia de aficionados a la fotografía que disfrutan de su hobby en las callejuelas antes de que, con el tiempo, alguien les haga perder su encanto.

SERVICIOS BASICOS CUBIERTOS

Los vecinos del barrio, que pertenece al distrito de Horta-Guinardó, no se quejan de la falta de servicios. “Aquí al lado, apenas a cinco minutos andando, tenemos el mercado de Horta, el centro médico y muchas tiendas”, añade Francisco. “En ese aspecto no tenemos ninguna queja. Es cierto que podríamos tener alguna tienda de comestible en el barrio como había antes, pero andar un poco hasta el mercado de Horta no es malo”.

La conversación con Francisco tiene lugar en el bar Rincón, uno de los dos que hay en La Clota. Está situado en el mismo centro del barrio, y en él se dan cita los vecinos y algunos trabajadores de las empresas que tienen su sede en el barrio. Lo regenta Paco, que se hizo cargo del bar no hace demasiado tiempo. “En este barrio nos conocemos todos y nos ayudamos todos, es un sitio muy tranquilo y se vive muy a gusto”.

Los huertos dan una visión distinta al barrio. / CR

Wilson, un uruguayo que ha vivido en otras ciudades y otros barrios de Barcelona, llegó a La Clota hace siete años y se integra en la conversación con total naturalidad, como se suele hacer cuando hay confianza. Asegura que en La Clota ha encontrado su lugar “y de aquí no me sacan. La tranquilidad que tenemos no se encuentra en ningún otro lugar. Y te lo dice alguien que ha vivido en muchos sitios diferentes. Puede que el barrio tenga algunas carencias, pero estamos bien como estamos. ¿Qué hay cosas que mejorar? Pues claro, pero aquí vivimos en la gloria, yo no quiero que cambie el modo de vida que tenemos aquí”.

Otro vecino acaba de entrar en el local, asiente con la cabeza mientras observa a Wilson y se une espontáneamente a la conversación. Su aspecto y su acento delatan su procedencia extranjera.  “Yo he vivido y trabajado en Libia, cuando no había guerra, en Brunei,  en Italia, y desde hace un tiempo estoy en Barcelona. Llevo en La Clota algo más de un mes y me siento como en casa. Me han recibido como si hubiera vivido en el barrio toda la vida. Será difícil que me vaya de aquí”.

Numerosas vivienda son unifamiliares de una sola planta. / CR

Le preguntó de dónde es. “De Bangladesh. Me llamo Abdul. Aquí se puede trabajar y la gente me ha recibido muy bien. Estoy muy a gusto y no tengo intención de irme”, repite.

Retomo la conversación con Francisco. “Últimamente,  nuestro único problema es que se han producido algunos robos, algo que nunca había pasado. Hemos contactado con la Guardia Urbana y los Mossos y esperamos que se solucione en breve”.

PRIORIDADES

Desde la Asociación de Vecinos mantienen contactos regulares con la sede del distrito para solventar los problemas que aún perviven en el barrio, pero confían en que los responsables políticos cumplan su palabra. “Ahora mismo, nuestra principal necesidad es que se arregle alguna calle. Si hasta ahora no se ha hecho ha sido porque algunas son calles de titularidad privada y por lo tanto el ayuntamiento no entraba, ni siquiera los servicios de limpieza. Lo más urgente es arreglar el alcantarillado de alguna calle, que todavía conserva el que hicieron los propios vecinos cuando construyeron las casas, que funciona aunque está anticuado, y asfaltarla en condiciones. Sabemos que es complicado ya que son calles estrechas en las que no puede entrar gran maquinaria, pero confiamos en que las obras empiecen a final de este año o principio del que viene”.

Calles de tierra, animales suelta, vida de pueblo... / CR

El barrio dispone de mucho terreno libre de edificios. Allí llevan instalados desde hace años los huertos con los que los habitantes de La Clota se permiten el lujo de disfrutar en la mesa de sus propios alimentos. Y con la llegada del buen tiempo, los huertos comienzan a recobrar la vida y ya se pueden ver las primeras verduras y hortalizas. Recorriéndolos encontramos a los jubilados que miman la tierra, observan el crecimiento de las plantas, se cuidan de que las malas hierbas no proliferen y de que todo está en perfecto orden.

PLANES DE FUTURO

Sin embargo, los planes de futuro apuntan a que muchos de esos huertos dejarán paso al hormigón. “Desde hace algún tiempo hay varios proyectos, que suponemos que se han paralizado por la crisis, para construir edificios. Algunos son privados y otros públicos. Nosotros preferimos que en lugar de edificar, primero arreglen el barrio. Le hemos hecho una propuesta al ayuntamiento, hemos dicho saber cuáles son nuestras prioridades y lo que queremos es que primero se ocupen del manteniendo del barrio, de mejorar las condiciones de vida. No queremos que se desnaturalice nuestro modo de vida. Por eso no queremos que se construya en exceso. Ahora no se puede edificar más de tres plantas, pero ya se sabe que estas cosas pueden cambiar”.

En algún sitio, la estrechez de las calles sorprende. / CR

Las casitas de una sola planta son las más habituales en el barrio. En ellas suelen vivir personas mayores que bajo ningún concepto quieren abandonarlas. Y no es de extrañar. Tienen todas sus necesidades cubiertas y, además, el terreno suficiente para cultivar su pequeño huerto que les permite comer sano y sin ver sus recursos económicos excesivamente menguados. Alrededor de alguna de ellas, en una callejuela sin salida, incluso nos encontramos con unas cuantas gallinas que picotean tranquilamente sin que nadie las moleste.

Pero La Clota también tiene edificios interesantes. Destaca la torre circular situada en una casa de la calle de la Purísima, sin duda la más destacada del barrio. Se cuenta que el propietario de la finca la mandó construir para poder ver el mar, en los tiempos en que desde Horta se podía ver el azul marino, antes de que el hormigón tapara la vista. Y en sus calles también se esconde un tesoro arquitectónico, una casa rehabilitada por el arquitecto Enric  Mirallés que recibió un premio FAD de interiorismo.

El centro Martí-Codolar hace un gran trabajo en La Clota. / CR

Además, algunas casas de la zona periférica del barrio han sido o están siendo rehabilitadas, lo que está dando una apariencia de modernidad arquitectónica, que de todas formas no debe ocultar la realidad que se ve y se vive cuando uno se adentra por las callejuelas del centro del barrio-

Una institución en el barrio es la Plataforma Social Marti-Codolar, que dedica sus esfuerzos a mejorar la vida de los jóvenes del barrio y sus alrededores y les ayuda a mejorar su relación con los estudios y con los demás, en un trabajo en el que profesionales y voluntarios comparten la misma ilusión por ayudar a los que lo necesitan. Porque, en el fondo, esa es la filosofía que marca la vida en La Clota, ayudar en lo que se pueda a los miembros de la comunidad. Por eso, el barrio es, y quiere seguir siendo, un oasis en medio de la gran ciudad.

Uno de los típicos huertos que abundan en La Clota. / CR