Que la reordenación de Vallcarca llega tarde es un hecho incontestable. Y lo hace con al menos 15 años de retraso, aunque seguramente algunos vecinos dirán que son 20 o 40. La Modificación del Plan General Metropolitano (MPGM) de 2002 dejó un barrio a medio hacer (o a medio derruir, según lo vea cada uno) lleno de solares vacíos y edificios en mal estado que todavía hoy esperan a que alguien decida ponerse manos a la obra. 

La presentación a los vecinos del resultado del concurso de ideas para el triángulo formado por la avenida Vallcarca y las calles Gustavo Bécquer y Farigola pone en marcha la cuenta atrás para la reactivación del barrio. Una cuenta atrás que será larga, ya que además de la zona afectada por el concurso (que no verá excavadoras hasta el próximo mandato, con suerte) todavía falta por concretar el futuro de la rambla verde de la avenida Vallcarca y consensuar con el sector privado la morfología de las viviendas del resto de parcelas afectadas por el MPGM.

EL URBANISMO DE COLAU

Pero no se trata de un proyecto más. Vallcarca es uno de los pocos lugares de Barcelona donde el Ayuntamiento tiene mucho suelo disponible en una zona concentrada y es un laboratorio de pruebas perfecto para poner en práctica el modelo de “urbanismo social” que defiende el actual equipo de Gobierno. “Será un ejemplo para el resto de la ciudad”, según aseguró esta semana la quinta teniente de alcalde, Janet Sanz, ante un auditorio repleto de vecinos. “El actual planteamiento no nos sirve porque no representa el urbanismo que queremos”. Es, por lo tanto, una oportunidad para probar otra forma de hacer las cosas, pero también supone un riesgo porque habrá muchas lupas y requerirá de grandes consensos políticos y vecinales que se han resistido hasta el momento.

El proyecto 'Arrels' ganó el concurso con una puntuación de 95 sobre 100 / CARLES ENRICH

La transformación de Vallcarca se hará en base a criterios de “sostenibilidad, protección del patrimonio y vivienda pública” y alrededor de una premisa simple: recuperar la vida de barrio, el comercio de proximidad y las zonas verdes comunes. Y en torno a eso gira la propuesta ganadora, presentada por Carles Enrich y su equipo bajo el nombre Arrels. El proyecto pretende conservar y rehabilitar los edificios existentes hasta donde sea posible y concentra toda la vivienda (tanto pública como privada) en el perímetro de la zona de actuación, con lo que consigue generar un espacio central comunitario con huertos y lugares de encuentro para los vecinos.

Y lo hace sin modificar la edificabilidad del planeamiento vigente, que se sitúa en casi 15.500 metros cuadrados. “Se ha optado por una ordenación de los metros con una escala más humana para evitar indemnizaciones millonarias”, tal y como explicó el regidor del distrito, Eloi Badia. El MPGM preveía la construcción de grandes bloques de pisos que hubieran convertido Vallcarca “en un barrio dormitorio” sin comercio ni vida en la calle. “Intentamos recoger la herencia del barrio y reinterpretarla para dar continuidad a las pocas calles que quedan del casco antiguo”, reconoció Enrich.

UN JUEGO DE EQUILIBRIOS

Las cuatro décadas de afectaciones, retrasos y expropiaciones han dejado muchas decepciones y encontronazos que serán difíciles de conjugar. Algunas asociaciones han criticado al Gobierno de Barcelona En Comú por no afrontar la transformación de Vallcarca como un todo, pero desde el distrito consideran que ha sido precisamente ese enfoque el que ha hecho imposible desencallar la situación. “Si trabajábamos todo a la vez no había manera de avanzar”, explican fuentes municipales. “Partirlo en tres nos da la oportunidad de conseguir avances”. 

Otro de los puntos de conflicto ha sido la presencia de Núñez y Navarro en el barrio, que es el segundo mayor propietario de suelo sin edificar del barrio por detrás del propio Ayuntamiento. Entidades como la Asamblea de Vallcarca han realizado una intensa campaña contra la constructora porque consideran que ha generado parte del problema y que solo mira por sus intereses. Tanto Badia como Janet reconocieron que no pueden obligar al sector privado a sumarse al modelo de barrio que ellos propugnan, pero están intentando negociar con ellos unos mínimos para que toda la zona, ya sea del concurso o no, mantenga una coherencia estética.