A media tarde, la intersección de las calles Farigola y Mare de Déu del Coll, en Vallcarca, parece tan ajetreada como de costumbre, con un goteo constante de vehículos que pasan por delante de la escuela La Farigola. Dos autobuses de la línea 87 evitan encontrarse por apenas 20 segundos en un tramo complicado porque son dos sentidos para un solo carril. De fondo, el timbre marca el fin de las clases y los padres acuden a recoger a sus hijos. Al llegar al paso de zebra que está justo delante del centro, uno de los niños se para y pulsa un botón, tras lo cual el semáforo se pone en rojo para los coches y el crío cruza mientras se bebe un zumo. 

Este pequeño gesto, insignificante para muchos, esconde una larga reivindicación de los padres, que llevaban años pidiendo medidas para mejorar la seguridad del entorno escolar en toda la zona encajada entre el Parc Güell y el Parc de la Creueta del Coll. El Ayuntamiento instaló a principios de mes dos semáforos, uno cerca de La Farigola y otro en las inmediaciones de la escuela Montseny, unos cientos de metros más arriba, en la calle del Torrent del Remei. “Los semáforos son solo el principio. Hay un plan para pacificar todo el camino escolar, que beneficiará al barrio entero”, explica Benoit Poinsot, uno de los promotores de la iniciativa.

LA UNIÓN HIZO LA FUERZA

Los barrios, como todas las líneas dibujadas sobre un mapa, no dejan de ser divisiones administrativas para facilitar el trabajo a los gobiernos, pero al final es la rutina diaria la que dicta de dónde eres. Las escuelas La Farigola, Montseny, Gat Negre, Mare de Déu del Coll y Virolai, que administrativamente pertenecen a tres barrios (Vallcarca, el Coll y el Carmel) y dos distritos (Gràcia y Horta), decidieron unirse hace un par de años para tener más fuerza e impulsar un plan conjunto para la “pacificación del barrio”. 

Cuando hablan del “barrio” se refieren a el Coll, porque lo sienten “en espíritu” a pesar de que técnicamente sean de tres barrios distintos. Y por eso decidieron llamarse, de manera informal, Coordinadora d'Ampas del Coll i l'entorn. “Nos juntamos para defender un modelo de barrio enfocado al peatón”, señala Benoit. “El plan es el resultado de un intenso trabajo con los técnicos del Ayuntamiento y las asociaciones del barrio”. Sin embargo, reconocen que las cosas no avanzan tan rápido como querrían porque siempre hay que conjugar “las sinergias económicas, políticas y sociales”.

UN BARRIO PARA LOS PEATONES

Los dos nuevos semáforos son, en definitiva, el símbolo de una aspiración colectiva: que la convivencia entre peatones y vehículos sea segura. De ahí que las conversaciones con el Ayuntamiento se centraran en definir los límites del barrio, ordenar las entradas y salidas del tráfico (que se concentra en una pocas calles) y mejorar la señalización. “Los coches entran en el barrio desde otras vías en las que se circula más deprisa, mientras que aquí la velocidad máxima es de 30 kilómetros por hora, aunque nunca se respete. Queremos que se marquen mejor los pasos de zebra, que la señalización vertical sea más clara y que la gente aprenda a comportarse como si el barrio fuera peatonal”, detalla.

El primer día de funcionamiento del semáforo hubo un poco de caos porque no estaba bien regulado y tardaba demasiado, impacientando a los conductores desprevenidos. La escuela quería un pulsador porque el uso del semáforo es intensivo en algunas fases del día, pero durante las horas de clase uno normal solo generaría más contaminación, ruido y congestión en los alrededores del centro. En el caso de La Farigola, había un problema añadido. La escuela tiene dos partes, una a cada lado de la calle. En una están las aulas y, en la otra, el patio de recreo. Las familias calculan que entre las clases, el recreo, las clases de educación física y las visitas al aula ambiental del Bosc Turull, el paso de zebra se utiliza unas 280 veces al día. Y eso solo los niños. Por eso el semáforo es una victoria pequeña, pero cargada de intenciones.