Balcones a rebosar de cacharros, ropa tendida en las barandillas y un skyline de una Barcelona que dista de la que se dibuja en las postales. Llenando estos escenarios, señores que -cigarro en mano- dejan entrever la barriga oculta bajo entrañables camisetas imperio. No muy lejos, un turista saca fotos desde su Airbnb a rocambolescos decorados que solo podrían darse en el Raval. Los protagonistas de estos lienzos son “gente de aquí”, explica el pintor Ernesto Camacho, esos supervivientes autóctonos del Chino, con ese ADN “marginal y rebelde, pero también sumiso” que el barrio imprime en sus vecinos.

No están directamente extraídos del natural, confiesa el autor, sino que “son imágenes que se me quedan grabadas, escenas que tengo en la cabeza y que, como si se tratara de un exorcismo, tengo que sacar de alguna forma”, comenta Camacho. Recuerdos que embalsaman la autenticidad de unas gentes que, a un ritmo cada vez más acelerado, están “en peligro de extinción” después de que hordas de turistas y “pseuodoartistas bohemios” le hincaran bien fuerte el diente al Chino. “Aquí los pisos son una mierda y ahora pagas 900 euros por 30/40 metros cuadrados”, sintetiza el artista, que se mudó hace 15 años al Raval, aunque desde pequeño ha sido un hijo adoptivo del barrio.

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IDENTIDAD EN LOS BALCONES

Lo de artista le viene de familia, comenta. Su abuelo, Ángel Camacho, fue el autor de muchos de los carteles de estrenos que lucían en las fachadas de cines y teatros de Barcelona. Aunque eso, más que empujarlo a seguir con la tradición familiar, hizo que le cogiera un poco de recelo a la profesión por lo de las inevitables comparaciones. Cuando finalmente se decantó por los lienzos, aún estuvo unos años “dando palos de ciego”, confiesa, hasta que en 2005 se decidió por pintar el edificio que tenía justo enfrente. El cuadro gustó tanto que desde entonces el Raval ha copado el protagonismo de sus obras, con una especial predilección por sus balcones, por donde se escabulle “la verdadera identidad del barrio”. Ahora, de ellos cuelgan más toallas que ropa tendida, síntoma de que, en lugar de vecinos, sus nuevos inquilinos son los que solo se quedarán unos días.

Por eso, Camacho critica sin tapujos las políticas del Ayuntamiento -o más bien la ausencia de estas- para frenar la expulsión de vecinos del Raval. A Gala Pin, concejal del distrito de Ciutat Vella, dice no verla por el barrio cuando se la invita. El turismo masivo y la burbuja inmobiliaria eran precisamente “los caballos de batalla” del actual consistorio, considera el pintor, “y ambos siguen yendo peor”.

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'MULTICULTURALISMO FORZADO'

“Han intentado sanear esto con un multicuturalismo impuesto, quieren pijos europeos que repueblen el barrio y se están cargando su identidad”, apostilla el pintor, que recuerda que “el multiculturalismo no se tiene que forzar, tiene que ser algo natural y aquí siempre ha habido y sigue habiendo muchísima gente integrada”. Su teoría, explica esbozando una sonrisa, es que “a Colau la ha puesto el Grupo Bilderberg”. Aunque tampoco es que le dé miedo que el Chino pierda su identidad y sus lienzos se conviertan en un vestigio de lo que fue el barrio, “así cotizarían más alto”, bromea.​

Pero donde “realmente mete caña” a la clase política no es a través de sus lienzos, sino con su grupo de rock, 'El socio capitalista'. “Con los cuadros soy más sutil, con la música me desfogo mucho más”, afirma. Mucho antes de que Arran denunciara la masificación con 'performances', en la banda ya salían a tocar vestidos de turistas, relata Camacho, que cree que el actual gobierno municipal intenta convertir el Raval, con sus putas, sus yonkis, sus butaneros y sus señores de barriga cervecera tomando el fresco en el balcón, “en una canción de Manu Chao”.

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